
Fiesta de Todos los Santos
Solemnidad litúrgica. 1 de noviembre …
- Hoy también se festeja a:
- • Omar (Audomaro), Santo
- • Rupert Mayer, Beato
- • Vigor de Bayeux, Santo
- • Valentín de Berrio-Otoxa, Santo
- • Teodor Romza, Beato
Anhelemos la santidad
Santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12. Todos los Santos
Por: Cristian Gutiérrez, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias, Señor por el don de la fe por la que me puedo poner en contacto contigo. Esa virtud me permite encontrarte en todos los momentos de mi día porque estás dentro de mí, en mi alma. Gracias porque puedo confiar en ti como en ninguna otra persona, seguro de que nunca me defraudarás. Gracias por permitirme amarte, porque mi amor es la respuesta al amor tan grande que me has tenido. Aumenta en mí, Señor, estas tres virtudes.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12
En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, y les dijo:
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos loa que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos, puesto que de la misma manera persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Hoy celebramos a todos los santos, Señor. Miles de hombres y mujeres que habitan junto a ti en el cielo. Personas que ya han llegado a la meta y que tal vez no son conocidos en ningún lugar. Esta fiesta tiene mucho que decir a mi vida.
Este día es una invitación a la santidad. Es la vocación de mi vida. Y cuando me pregunto qué es la santidad, puedo acudir a este pasaje y entonces tendré los consejos más valiosos para acoger. Ayúdame, Señor a creer que puedo ser santo, no por mis solas fuerzas, sino por la cooperación con tu gracia. La santidad es el mayor ideal al que puedo tender. Ser santo no es ser perfecto como a veces pienso, ser santo es ser lo que Tú quieres que sea y amarte a ti y a los demás como Tú me has, y los has, amado.
Pero otro elemento para hablar contigo en esta oración es el de la santidad oculta. Hoy festejamos justamente a todos los que llegaron al cielo, los que son santos. Santos no son sólo aquellos que «llegan a los altares», que canoniza la Iglesia, que presenta como modelos de alguna virtud; santos son todos aquellos que pasaron por este mundo cumpliendo tu Voluntad y, al final, lograron encontrarse contigo y vivir en la eternidad a tu lado. Miles de personas que no conozco sus nombres, sus nacionalidades, sus trabajos, esfuerzos y sacrificios. Santos que se fueron fraguando en el silencio del día a día en la trabajo, en la oración, en la familia, en el apostolado.
Y un tercer aspecto es el de la intercesión. Ellos están ante Ti y, con su intercesión, pueden concederme muchas gracias. No son ellos quienes realizan los milagros o los que conceden los favores. No. Son ellos los que, escuchando mi petición, corren a tu presencia para rogarte me des lo que pido, si tu Voluntad así lo quiere y permite.
Concédeme, Señor, en este día, ilusionarme por la santidad, una santidad oculta que construyo cada día, cada hora, cada minuto. Pongo, por intercesión de los santos, las peticiones más hondas que llevo en mi interior.
«Si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta hacia la patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas».
(Homilía de S.S. Francisco, 1 de noviembre de 2016).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Procuraré leer una sencilla biografía de un santo desconocido.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Qué pensar y hacer ante la muerte?
¿Morir es simplemente parte de la vida?
Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net

Si morir es cambiar de vida, de la terrena a la eterna, vale la pena pensar en ello, no evadirlo de la mente. Digamos primero que fallece un ser querido o cercano, y nos entristecemos. Con muy comprensible razón. Somos humanos y esta es la vida que conocemos; estamos acostumbrados a convivir o saber con vida a otras personas de nuestro amor o entorno. Y cuando alguien así fallece, sentimos de cerca el fenómeno de morir, y rezamos por ellas, por sus almas y por los corazones de quienes han perdido a un ser querido. Y eso está bien.
Generalmente no es igual cuando pensamos en que a diario mueren muchas personas lejanas a nosotros, y entre ellas quienes consideramos no deberían morir, es decir que no estaban enfermas graves, por ejemplo. Pero por homicidios, errores médicos o descuidos o por accidentes mueren personas. Y en general, eso nos hace pensar que morir es simplemente parte de la vida, y quizás ni se nos ocurra una oración por ellas. Y esto no está bien.
Si muere alguien de buena voluntad, de esas almas que ama el Señor, juntos a nuestras oraciones está la sensación de que dicha persona ya está mejor, no sufre, ha sido recibida en el cielo. Y en nuestra tristeza de no tenerla ya cerca, tenemos como creyentes un consuelo: ya está con Dios. Y oramos por quienes se quedan o quedamos sin ella, y por más frases pensadas y dichas de que en otra forma, ya no visible, nos acompaña, no resulta por esos tristes momentos de mucho consuelo para nosotros.
Cuando quien sufre alguna grave enfermedad, a veces terrible, o está en situaciones de peligro mortal, muere, nos consuela que ha dejado de sufrir, y que además, ha ido al Señor a recibir su justo premio por las buenas obras que haya hecho en vida, esas que cuentan muy por arriba de las faltas y pecados. La justicia divina está hecha de amor.
Pero hay otras cosas que hacer cuando alguien muere, al detenerse sus signos vitales o está en agonía. Y ambas tienen que ver con la oración. Veamos. Alguien acaba de morir, o al menos eso se piensa cuando cae en el llamado paro cardiorrespiratorio. La realidad es que aún no ha muerto, la vida se le está acabando y eventualmente puede volver, como cuando los médicos logran recuperar el latido cardiaco y la respiración. ¿Qué orar entonces? Pues podemos pedir al Señor que le conceda el arrepentimiento de lo pecado, que pidan su gracia y el perdón, justo antes de caer en la muerte cerebral.
Cuando una persona cae en ese paro cardiorrespiratorio, no sabemos si está consciente su mente o no, solamente vemos que “duerme”, que no habla, pero la experiencia médica nos ha mostrado cómo “el muerto” o quien permanece en estado de coma, que no se pueden comunicar, sin embargo pueden tener la posibilidad de pensar, así que bien podemos pedir, como he dicho, que Dios le conceda en don del arrepentimiento final y la petición del perdón, y Él lo escucha.
De hecho, el suicida puede estar en este caso, de que al momento de morir pida a Dios perdón por quitarse el inmenso don de la vida, arrepentido, demasiado tarde para detener su muerte. Pidamos entonces por quienes están en el proceso fatal del suicidio.
Ante un caso de agonía, con mayor razón podemos pedir eso al Señor, que al agonizante le conceda el don del arrepentimiento y la petición del divino perdón. Es lo mejor que puede pasarle a su alma, encomendarse a la misericordia de Dios, para llegar perdonado a su presencia en la otra vida, a ser juzgado por lo que hizo u omitió hacer conforme a los mandatos divinos.
Y algo más: así como oramos por “nuestros” difuntos, debemos orar por los “otros” difuntos o moribundos, sobre todo porque muchos mueren sin que nadie o casi nadie pidan a Dios por su eterno descanso en su presencia. “Que en paz descanse” es una frase muchas veces hueca, de cortesía, pero debemos sentirla y decirla con intención de que el Señor le lleve a su seno y no al castigo eterno que Él mismo nos ha mencionado.
Así como oramos por las almas de los fieles difuntos, pidiendo para ellos la luz perpetua, recemos por los agonizantes, por los que por la razón que sea están a punto de morir o están muriendo. Dios escuchará y les concederá lo que pedimos. Y pensemos también que moriremos, y demos buen, profundo sentido a todas esas oraciones que incluyen una frase como “…y en la hora de nuestra muerte”, del Ave María. Cada alma que ha llegado al cielo en parte al menos por nuestras peticiones por su buena muerte, será un intercesor nuestro, por nosotros y por quienes son nuestros seres amados. Amén.