Derroche de perfume
Por: H. Iván Yoed González Aréchiga LC | Fuente: www.missionkits.org

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Mírame, Señor. ¡Aquí estoy otra vez! Lo he logrado una vez más. Te doy gracias por las ayudas que siempre me regalas para volver a Ti. Quiero estar contigo. Quiero amarte más.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 12, 1-11
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.
Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: «¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: «Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán».
Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
¿Cómo es mi amor a Cristo?, ¿cómo te amo, Señor? A veces me parece que no existe mayor enfermedad que la del legalismo. Tantas veces san Pablo exhortaba a la Iglesia a que no mirara tan sólo a la ley.
Ayuda mucho detenerse unos instantes y contemplar, por ejemplo, cómo una mamá quiere a su bebé: para ello no hay tiempos, ni hay tareas, sino que todo es un acto de amor.
¿Cuándo fue la última vez que te dediqué un tiempo de verdad? No uno que me sobrara, no uno en que no tuviese otra opción. Quizá por eso mi amor a veces ya no crece; porque tal vez ni siquiera estoy amando; cumplo simplemente. Amando se cumple, pero no siempre cumpliendo se ama.
Hoy domingo, por ejemplo, podría ir a ver un partido de fútbol después de misa, o quizá puedo quedarme a rezar un momento más, aunque sea breve. Hoy podría ir a un restaurante con mis amigos, o quizá puedo buscar hacer una obra de caridad. Hoy podría salir de viaje, o quizá puedo irme de misiones; hoy podría cambiar la rutina en pos del amor. «Derrochar» algún perfume con Jesús y regalarle un gesto verdadero de amor.
Gracias, María, por ese gesto que ofreciste al Señor. Yo quiero ofrecerle uno también.
Lo que vosotros decís a ellos es lo que tenéis en el corazón. Así se da la Palabra de Dios. Y así vuestra doctrina será alegría y apoyo a los fieles de Cristo. El perfume de vuestra vida será el testimonio porque el ejemplo edifica, pero las palabras sin ejemplo son palabras vacías, son ideas, no llegan nunca al corazón. Incluso hacen mal, no hacen bien.
(Homilía de S.S. Francisco, 26 de abril de 2015).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Realizar un gesto verdadero de amor a una persona con la que me encuentre hoy.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Míralo, míralo… despacio
Pasión de Cristo
Fuente: Opus Dei / Catholic.net

«¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?… Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas»[1].
Sí, hijas e hijos míos. Hemos de procurar ser uno más, viviendo en intimidad de entrega y de sentimientos, los diversos pasos del Maestro durante la Pasión; acompañar con el corazón y la cabeza a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen en aquellos acontecimientos tremendos, de los que no estuvimos ausentes cuando sucedieron, porque el Señor ha sufrido y ha muerto por los pecados de cada una y de cada uno de nosotros. Pedid a la Trinidad Santísima que nos conceda la gracia de entrar más a fondo en el dolor que cada uno ha causado a Jesucristo, para adquirir el hábito de la contrición, que fue tan profundo en la vida de nuestro santo Fundador, y le llevó a heroicos grados de Amor.
Meditemos a fondo y despacio las escenas de estos días. Contemplemos a Jesús en el Huerto de los Olivos, miremos cómo busca en la oración la fuerza para enfrentarse a los terribles padecimientos, que Él sabe tan próximos. En aquellos momentos, su Humanidad Santísima necesitaba la cercanía física y espiritual de sus amigos; y los Apóstoles le dejan solo: ¡Simón!, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?[2]. Nos lo dice también a ti y a mí, que tantas veces hemos asegurado, como Pedro, que estábamos dispuestos a seguirle hasta la muerte y que, sin embargo, a menudo le dejamos solo, nos dormimos. Hemos de dolernos por estas deserciones personales, y por las de los otros, y hemos de considerar que abandonamos al Señor, quizá a diario, cuando descuidamos el cumplimiento de nuestro deber profesional, apostólico; cuando nuestra piedad es superficial, ramplona; cuando nos justificamos porque humanamente sentimos el peso y la fatiga; cuando nos falta la divina ilusión para secundar la Voluntad de Dios, aunque se resistan el alma y el cuerpo.
En cambio —empapémonos de esta realidad, actual entonces como ahora—, los enemigos de Dios están en vela: Judas, el traidor, y la chusma no se han concedido reposo, y llegan en plena noche para entregar con un beso al Hijo del hombre. Sigue golpeando en mi alma la impresión que me produjo, en México, la imagen de Cristo crucificado con una llaga tremenda en la mejilla —el beso de Judas—, imaginada por la piedad del pueblo cristiano, para simbolizar la herida que causó en su Corazón la defección de uno de los que Él había elegido personalmente.
Hijos de mi alma: ¡que no nos separemos nunca del Señor! Dejadme que insista: vamos a procurar seguirle muy de cerca, para que no se repita —en lo que dependa de nosotros— la indiferencia, el abandono, los besos traidores… En estos días, y siempre, «deja que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor. Y cuando notes que se escapa —que eres cobarde, como los otros—, pide perdón por tus cobardías y las mías»[3], agarrado de la mano de tu Madre santa María, para que Ella infunda en tu alma un afán decidido y sincero, ¡operativo!, de fidelidad a ese Cristo que se entrega por nosotros.
Después del prendimiento en Getsemaní, acompañamos a Jesús a casa de Caifás y presenciamos el juicio —parodia blasfema— ante el Sanedrín. Abundan los insultos de los fariseos y levitas, las calumnias de los falsos testigos, bofetadas como aquélla, cobarde, del siervo del Pontífice, y suenan de forma sobrecogedora las negaciones de Pedro: ¡qué dolor el de nuestro Jesús, y qué lecciones para cada uno nosotros! Luego, el proceso ante Pilatos: aquel hombre es cobarde; no encuentra culpa en Cristo, pero no se atreve a pechar con las consecuencias de un comportamiento honrado. Primero busca una estratagema: ¿a quién dejamos libre, a Barrabás o a Jesús?[4]; y cuando le falla este expediente, ordena que sus soldados torturen al Señor, con la flagelación y la coronación de espinas. Ante el cuerpo destrozado del Salvador, nos hará mucho bien seguir aquel consejo de nuestro Padre: «Míralo, míralo… despacio»[5]; y preguntarnos: «Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?»[6]. Por último, la crucifixión. «Una Cruz. Un cuerpo cosido con clavos al madero. El costado abierto… Con Jesús quedan sólo su Madre, unas mujeres y un adolescente. Los apóstoles, ¿dónde están? ¿Y los que fueron curados de sus enfermedades: los cojos, los ciegos, los leprosos?… ¿Y los que le aclamaron?… ¡Nadie responde»![7].
Me ha ayudado a hacer la oración la descripción de los sufrimientos de Nuestro Señor, que hace santo Tomás de Aquino[8], con estilo literario escueto. Explica el Doctor Angélico que Jesús padeció por parte de todo tipo de hombres, pues le ultrajaron gentiles y judíos, varones y mujeres, sacerdotes y populacho, desconocidos y amigos, como Judas que le entregó y Pedro que le negó. Padeció también en la fama, por las blasfemias que le dijeron; en la honra, al ser objeto de ludibrio por los soldados y con los insultos que le dirigieron; en las cosas exteriores, pues fue despojado de sus vestiduras y azotado y maltratado; y en el alma, por el miedo y la angustia. Sufrió el martirio en todos los miembros del cuerpo: en la cabeza, la corona de espinas; en las manos y pies, las heridas de los clavos; en la cara, bofetadas y salivazos; en el resto del cuerpo, la flagelación. Y los sufrimientos se extendieron a todos los sentidos: en el tacto, las heridas; en el gusto, la hiel y el vinagre; en el oído, las blasfemias e insultos; en el olfato, pues le crucificaron en un lugar hediondo; en la vista, al ver llorar a su Madre… y —añado yo— nuestra poca colaboración, nuestra indiferencia.
Hijas e hijos míos, al meditar en la Pasión surge espontáneo en el alma un afán de reparar, de dar consuelo al Señor, de aliviarle sus dolores. Jesús sufre por los pecados de todos y, en estos tiempos nuestros, los hombres se empeñan, con una triste tenacidad, en ofender mucho a su Creador. ¡Decidámonos a desagraviar! ¿Verdad que todos sentís el deseo de ofrecer muchas alegrías a nuestro Amor? ¿Verdad que comprendéis que una falta nuestra —por pequeña que sea— tiene que suponer un gran dolor para Jesús? Por eso os insisto en que valoréis en mucho lo poco, en que afinéis en los detalles, en que tengáis auténtico pavor a caer en la rutina: ¡Dios nos ha concedido tanto, y Amor con amor se paga! Me dirijo a Jesús, contemplándole en el patíbulo de la Santa Cruz, y le ruego que nos alcance el don de que nuestras confesiones sacramentales sean más contritas: porque —como nos enseñaba nuestro Padre— sigue en ese Madero, desde hace veinte siglos, y es hora de que ahí nos coloquemos nosotros. Le suplico también que nos aumente el imperioso afán de llevar más almas a la Confesión.
En la Cruz, Jesús exclama: sitio![9]; tengo sed; y nuestro Padre nos recuerda que «ahora tiene sed… de amor, de almas»[10]. La redención se está haciendo, y nosotros hemos recibido una vocación divina que nos capacita y nos obliga a participar en la misión corredentora de la Iglesia, según el modo específico —querido por Dios para su Obra— que nos ha transmitido nuestro Padre.
El Señor y la Iglesia esperan que seamos leales a esta misión, que nos gastemos totalmente en nuestro empeño por ser apóstoles de Jesucristo. Esperan que carguemos sobre nuestros hombros, con alegría, la Cruz de Jesús, y que la abracemos «con la fuerza del Amor, llevándola en triunfo por todos los caminos de la tierra»[11].
Las almas necesitan que realicemos una labor mucho más extensa e intensa de apostolado y proselitismo: ¡urge mucho! ¿Y las dificultades del ambiente? Sabéis que el hecho de que exista un ambiente más o menos hostil al sacrificio, a la entrega, no es motivo para disminuir nuestro afán apostólico, ¡al contrario!: montes sicut cera fluxerunt a facie Domini[12]; los obstáculos se derriten como cera ante el fuego de la gracia divina. Nunca olvidéis que la obra de Cristo no termina en la Cruz y en el sepulcro, que no son un fracaso; que culmina en la Resurrección y en la Ascensión al Cielo, y en el envío del Paráclito: la Pentecostés ubérrima de frutos, que también ha de repetirse, necesariamente, en la vida de los cristianos, pues si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él [13]; y con Él, y por Él, y en Él llevaremos a innumerables hombres y mujeres, en los más diversos confines del mundo, el alegre anuncio de la Redención: el gozo y la paz que el Espíritu Santo derrama en los corazones fieles.
(Texto del 1 de abril de 1987, publicado en “Caminar con Jesús al compás del año litúrgico», Ed. Cristiandad, Madrid 2014, pp. 152-157).