
Ignacio de Loyola, Santo
Memoria Litúrgica, 31 de julio …
- Hoy también se festeja a:
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- • Francis Solanus Casey, Beato
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- • Fabio el Portaestandarte, Santo
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La semilla del Reino
Santo Evangelio según san Mateo 13, 31-35. San Ignacio de Loyola
Por: Iván González, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Tu gracia me basta, Señor. Si no me siento capaz de orar, capaz de ponerme en este instante en tu presencia, me basta tu gracia. La acojo con mi corazón sincero, sencillo y lleno de confianza en ti.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 13, 31-35
En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”. Les dijo también otra parábola: ‘El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”. Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
Un día colocaste una semilla muy pequeña en mí, Señor.
Muchos sembradores han pasado por mi vida. Tantas semillas han caído en mi corazón. Algunas han crecido sin yo darme cuenta. Otras las he cultivado yo mismo. Otras más han sido otros quienes las han hecho crecer. A veces son semillas de virtud, semillas de ilusiones, semillas de miedos, de traumas, de deseos. Unas han dado árboles frondosos, otras espinas. Algunas han muerto ya, otras están naciendo. De entre todas las semillas, sin embargo, hay una especial. Es la mejor. Incluso si aún es pequeña. Se llama la semilla del Reino. De un Reino de amor. Del Reino de Cristo. Ella no es sólo deseo, no es sólo ilusión, no es sólo incertidumbre; es todo eso y mucho más. Es aquella que da vida. Es aquella que pide mucha agua, mucho esfuerzo, mucho espacio en el corazón… pues es la única que lo llenará plenamente. La semilla es verdadera. Existe en mí, Dios la ha colocado.
Señor, ¿cómo la he cultivado?, ¿cómo te he dejado cultivarla? Una vez más renuevo mi confianza en ti y me entrego nuevamente a ti sabiendo que harás fructificar la semilla del Reino que has sembrado en mí.
«Somos pecadores, viene de ahí, pero tenemos un horizonte grande— [esta actitud] es precisamente el acto de fe en la potencia del Señor: el Señor puede, el Señor es capaz. Y nuestra pequeñez es la semilla, la pequeña semilla, que después germina, crece, el Señor la riega y sale adelante. Pero el sentido de pequeñez es precisamente el primer paso de confianza en la potencia de Dios. Id, seguid adelante por este camino».
(Homilía de S.S. Francisco, 18 de febrero de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy haré una revisión de mis actitudes ante la gracia de Dios para descubrir algún deseo en mi corazón que quizá no corresponde al Amor. Si descubro en mí algún deseo noble y bueno, ¿lo puedo llevar adelante y hacer crecer? Te pido la gracia, Señor, de poder mirar mi corazón con sinceridad y confianza.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
San Ignacio de Loyola, un loco de amor por Jesucristo
Un infatigable peregrino; un buscador incansable de la voluntad de Dios.
Fuente: Vatican News

Es verdad, se ha escrito mucho sobre la vida y obra de San Ignacio de Loyola, más nunca suficientemente. Cada uno de nosotros los jesuitas podríamos, con todo derecho, decir quién es Ignacio para cada uno. También todas las personas, hombres y mujeres, que hoy se nutren de la espiritualidad ignaciana podrían compartir quién es Ignacio y qué ha significado en su vida.
Podríamos empezar por identificarlo como aquel caballero y gentilhombre, el cortesano, el aguerrido, el herido de Pamplona, el buscador, el místico, el contemplativo, el enamorado, el compañero, el maestro de la sospecha y del discernimiento, el hombre de los Ejercicios Espirituales… hasta el fundador y Padre de la Compañía de Jesús. Y es que la biografía de San Ignacio de Loyola es tan amplia y diversa que podemos encontrar en él a un santo bien humano en cuya vida cualquiera de nosotros puede verse reflejado y sentirse identificado. Por ejemplo, personalmente, recuerdo que antes de entrar a la Compañía a mí me conmovió mucho la elocuente honestidad con la que define gran parte de su vida en su Autobiografía “Hasta los veintiséis años fue un hombre dado a las vanidades del mundo”. Esa sola frase me hizo sentirme atraído por su historia y su persona hasta llevarme a tocar las puertas de la Orden.
No obstante, en la medida en que le he conocido más profundamente, me ha seducido mucho más su faceta de peregrino, tal y como él se define a sí mismo en sus escritos espirituales. Un infatigable peregrino; un buscador incansable de la voluntad de Dios que, seducido completamente por su “Criador y Señor”, era muy sensible a los movimientos del buen Espíritu en su interior. Así nos lo cuenta Jerónimo Nadal, uno de los primeros jesuitas:
El maestro Ignacio encaminó su corazón hacia donde lo conducía el Espíritu y la vocación divina; con singular humildad seguía al Espíritu, no se le adelantaba; y así era conducido con suavidad a donde no sabía. Aquel peregrino era un loco de amor por Jesucristo. Desde que Dios entró en su corazón comenzó a recorrer los caminos de Europa buscando el mejor modo de amar y servir. La pasión de su vida fue buscar y encontrar a Dios en todas las cosas.
Ese cojo peregrino de Loyola que, gracias a su dolorosa herida sufrida en Pamplona, pudo hacer un alto en su vida para encontrarse cara a cara consigo mismo y preguntarse con toda franqueza qué es lo que realmente quería para su vida y abrirse así a la gracia del Señor. Ese peregrino nos enseña que el seguimiento del Señor Jesús es un camino de suavidad que implica un hondo conocimiento de uno mismo y conocer internamente el corazón de Cristo para dejarse conducir “sabiamente ignorante” hacia los horizontes más insospechados de nuestros propios deseos y anhelos. San Ignacio no es un místico que vaya por el camino de las nadas; al contrario, Ignacio es un místico del todo. No le tiene miedo a la fuerza de su imaginación para recrear las escenas del Evangelio en sus propias contemplaciones. La espiritualidad que nos ha heredado es una espiritualidad sensual que, por medio de la aplicación de los sentidos, nos enseña que podemos rastrear la presencia de Dios en todas las cosas creadas sobre la faz de la tierra porque no hay ninguna división entre lo sacro y lo profano, todo y todos somos motivo de encuentro con Dios, por eso nos invita constantemente a: “encontrar a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él”. Sin división y sin confusión.
Un peregrino metido hasta las entrañas en los “negocios” prácticos de este mundo, pero con un corazón grande y una amplia mirada para contemplar con asombro la belleza cautivadora de la creación, al punto de amar apasionadamente a este mundo y a esta vida nuestra. Así nos lo cuenta Diego Laínez, otro de los primeros jesuitas:
Ignacio se subía a la azotea por la noche, de donde se descubría el cielo libremente; allí se ponía en pie, y sin moverse estaba un rato con los ojos fijos en el cielo; luego, hincado de rodillas, hacía una adoración a Dios; después se sentaba en un banquillo, y allí se estaba con la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo, con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo.
Un peregrino que nos enseña que para ser contemplativos no hay que fugarnos del mundo, sino habitar en él, porque es posible ser verdaderamente contemplativos en la acción. Asimismo, nos comparte que, aunque la soledad y el silencio son indispensables para el encuentro con Dios, también en la comunidad, especialmente en las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, podemos contemplar una presencia claramente divina. En medio del ruido y del caos de las ciudades podemos escuchar la voz silenciosa del Señor que nos invita constantemente a “en todo amar y servir”, no como una frase piadosa o un atractivo eslogan de un gran colegio o universidad jesuita, sino como un horizonte real de posibilidades abiertas y concreciones de realización infinitas.
Debo aceptar que, como buen jesuita, cuando hablo de San Ignacio me suelo desbordar porque es nuestro padre y maestro. Sin embargo, quisiera cerrar este texto diciendo que lo que más me cautiva de Ignacio es que es un peregrino delicadamente sensible y con los pies bien puestos sobre esta bendita tierra nuestra. Cuando contemplo sus alpargatas con las que caminó y recorrió tantos y tantos caminos, no puedo más que inclinarme reverente; y con mi corazón conmovido, parece que escucho su tierna voz recordándome al oído aquello de que “el amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras” [EE,230]. Por eso, termino este escrito utilizando sus propias palabras, esas que solemos repetir constantemente a modo de oración preparatoria cada vez que hacemos Ejercicios Espirituales: Concédenos Señor “que todas nuestras intenciones, acciones y operaciones estén puramente ordenadas al servicio y alabanza de vuestra divina voluntad”.