
Gabriel de la Dolorosa, Santo
Religioso Pasionista, 27 de febrero…
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La verdadera novedad
Santo Evangelio según san Mateo 25, 31-46. Lunes I de Cuaresma
Por: Redacción | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa…» (Ap 3, 20). A veces pienso que cuando voy a orar soy yo quien toco a tu puerta Señor, porque Tú mismo nos has dicho; “tocad y se os abrirá”; pero hoy quiero detenerme en la realidad de que Tú también tocas a mi puerta, quiero abrirte mi mente, mi corazón y mi alma en esta oración, dejarte pasar y escuchar lo que hoy quieres compartir conmigo en esta oración.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 25, 31-46
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme’. Entonces los justos le contestarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’. Y el rey les dirá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’. Y entonces dirá a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis’. Entonces también éstos contestarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’. Y él replicará: ‘Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo’. Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Qué momento tan potente debió ser para tus discípulos escucharte decir estas palabras.
A mí me impresiona que te presentes como Rey en un trono de gloria, rodeado de ángeles, a juzgar a las naciones, pero quizá a tus discípulos no fue la parte que más les impresionó. En sus corazones formados por la ley y los profetas latía fuertemente la descripción del Mesías: “vi venir sobre las nubes a un ser parecido a un ser humano (…) y le dieron poder, honor y reino” (Dn 7, 13-14), nada nuevo con esto que Tu les dices.
Nada nuevo tampoco con la misión de ayudar al forastero, vestir al desnudo, visitar al encarcelado… Tantas veces habrían escuchado en la sinagoga a Isaías proclamar el ayuno agradable al Señor: “romper las cadenas injustas, dejar libres a los maltratados, acoger en tu hogar a los sintecho y no abandonar a tus semejantes…” (Is.53).
Pero todo nuevo, cuando les dices que lo que han hecho al prójimo, lo hacen contigo mismo. Todo nuevo cuando les enseñas a ver a Dios, a verte a ti, identificado con el pobre, el necesitado, el marginado y el preso. Todo nuevo, porque ahora Dios, se hace hombre y en el hombre vive Dios.
Enséñame a detenerme ante los demás y no sólo mirar sus necesidades, sino también mirarte a ti en cada uno de ellos y entonces amar, compadecerme y aliviar su necesidad maravillándome de la dignidad que toda persona posee, porque en ella también estás Tu.
Qué alegría sentiré, el día de mi muerte, escuchar tu voz y decirte: “Sí Señor, sí te vi, sí te reconocí. En mi familiar, en un amigo, en mi vecina, en la persona que ayudé, en quien escuché, en aquel que pude aliviar su dolor. Sí, Señor, en todos ellos, durante mi vida, también te amé, te serví y te reconocí”.
«Al final de nuestra vida seremos juzgados sobre el amor, es decir, sobre nuestro empeño concreto de amar y servir a Jesús en nuestros hermanos más pequeños y necesitados. Aquel mendigo, aquel necesitado que tiende la mano es Jesús; aquel enfermo al que debo visitar es Jesús; aquel preso es Jesús; aquel hambriento es Jesús. Pensemos en esto. Jesús vendrá al final de los tiempos para juzgar a todas las naciones, pero viene a nosotros cada día, de tantos modos y nos pide acogerlo. Que la Virgen María nos ayude a encontrarlo y recibirlo en su Palabra y en la Eucaristía, y al mismo tiempo en los hermanos y en las hermanas que sufren el hambre, la enfermedad, la opresión, la injusticia. Puedan nuestros corazones acogerlo en el hoy de nuestra vida, para que seamos por Él acogidos en la eternidad de su Reino de luz y de paz».
(S.S. Francisco, Ángelus del 26 de noviembre de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Pensar en una persona que me sea particularmente difícil amar y servir y pedirle a Jesús que me enseñe cómo ve Él a esta persona, y cómo está presente Él en esa persona, pedirle la gracia de que cambie mi mirada sobre esa persona y pueda vivir este amor cristiano reconociendo a Jesús.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
La oportunidad de hacer el bien al prójimo es a diario
Las obras de misericordia corporales y espirituales son acciones concretas con las que podemos hacer palpable la acción de Dios
Por: Mónica Muñoz | Fuente: El Observador

Las obras de misericordia que la Iglesia Católica contempla para realizar con más empeño en este Año Jubilar, no son inventos del Papa Francisco. Un cristiano medianamente formado sabe que su origen es bíblico, por eso, para despejar cualquier duda, basta consultar en el Evangelio de San Mateo capítulo 25 versículos del 34 al 40.
Es por eso que el Papa Francisco ha insistido en que este Año Jubilar de la Misericordia hagamos presente a Cristo en los hermanos necesitados. Las obras de misericordia corporales y espirituales son acciones concretas con las que podemos hacer palpable la acción de Dios y “ganar puntos” para alcanzar el cielo, porque no basta con creer, hay que trabajar para que la gracia de Dios llegue a nuestras vidas y nos transforme, porque “no todo el que dice ‘Señor, Señor’, entrará al Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. (Mt 7,21)
Brevemente comentaré las siete obras de misericordia espirituales, que se llevan a cabo con la ayuda del Espíritu Santo y son:
Enseñar al que no sabe: se refiere no solamente a quien no tiene conocimiento en ciencias y materias humanas, sino también compartir las enseñanzas que Cristo el Señor ha dejado para alcanzar la salvación. Es muy importante esmerarnos en alcanzar el conocimiento de la doctrina cristiana para fortalecer nuestra fe y avivar el amor a Dios y sus creaturas, por eso hay que compartir con los hermanos nuestro saber y experiencias cristianas.
Dar buen consejo al que lo necesita: para esto, hay que invocar constantemente al Espíritu Santo, quien inspira adecuadamente lo que se debe decir, pues es muy fácil hacer recomendaciones insanas o desviadas de la moral, por ello se debe tener una conciencia recta y bien formada, pues no todo lo que se aconseja es lo que Cristo quisiera para nosotros. No podemos creer que es correcto aconsejar a una mujer someterse a un aborto o a alguien a que infrinja la ley, sólo porque “todo mundo lo hace”, es por esto, una de las obras más difíciles de realizar sin la ayuda y gracia de Dios.
Corregir al que se equivoca: en este caso, creo que a todos nos gusta hacer ver las fallas en los demás, sin embargo, cuando alguien señala nuestros errores, la historia cambia. Corregir y aceptar correcciones es una manera eficaz de practicar la humildad.
Perdonar al que nos ofende: aquí sentimos que el estómago da un vuelco, pues cuando se trata de olvidar las ofensas el orgullo y la soberbia se hacen presentes. Porque no sólo hay que pedir la gracia divina para dejar atrás lo malo que se cometa contra nosotros, también hay que rogar a Dios fortaleza y valentía para solicitar el perdón a quienes ofendemos. Basta recordar el Padre nuestro: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Esa es la medida.
Consolar al triste: quien ha sufrido una pérdida, ya sea por la muerte de un familiar, un despido laboral, la destrucción de sus bienes o todo lo que pueda causar sufrimiento a nuestros hermanos, requiere de nuestra solidaridad y disposición para que el que llora pronto alcance consuelo. Ojo: no resignación, porque el que se resigna deja de luchar y pierde toda esperanza; el consuelo conlleva la certeza de que el mal es pasajero y traerá consigo algo bueno, porque Dios no nos abandona cuando ocurre la desgracia, que es inevitable porque es parte de la vida; Él nos sostiene y envía ayudas constantes para que entendamos que las sacudidas son necesarias para nuestro crecimiento y purificación y quizá, para ayudar a nuestro prójimo. Porque, como dice la escritura: “Los caminos de Dios son inescrutables”.
Sufrir con paciencia los defectos del prójimo: ¡ay!, qué difícil nos resulta la convivencia con personas duras y antipáticas, por eso es una obra de misericordia que más reditúa para el bien de quien lo realiza. Basta recordar a la gran Santa Teresita del Niño Jesús, que soportaba estoicamente los desaires y groserías de una de las religiosas mayores con quienes vivía y a quien cuidaba con tanto cariño como si no le molestara lo que le hacía. Esta obra se debe aplicar con todos, especialmente con nuestra familia, pues son muy comunes los roces entre los que convivimos a diario.
Rogar a Dios por los vivos y los difuntos: Pedir por la gente que amamos es sencillo, sin embargo no siempre lo hacemos. Hay que orar unos por otros, incluyendo a los que nos caen mal y a los que se nos han adelantado en el camino.
Mucho hay por hacer, tenemos todo el año para practicar y hacer que estas obras se vuelvan parte permanente de nuestras vidas. ¿Qué esperamos para comenzar?