
Felipe Benizi (o Benicio), Santo
Sacerdote , 23 de agosto …
- Hoy también se festeja a:
- • Juan Soler García, Beato
- • Tidfil, Santa
- • Cipriano José (Julián Iglesias Bañuelos), Beato
- • Serafina de Ochovi, Beata
- • Resario de Soano, Beata
¿Dios ama también a los fariseos?
Santo Evangelio según san Mateo 23,13-22. Lunes XXI del Tiempo Ordinario
Por: Rubén Tornero, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
?Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Jesús, gracias por este momento que me regalas para poder estar en tu presencia. Te suplico que me ayudes a creer en ti. Aumenta mi fe. Dame una fe viva, operante y luminosa capaz de transformar mi corazón y mi entorno. Aumenta mi confianza. Dame la gracia de esperar siempre en ti sin desfallecer, de modo que pueda tener la certeza de que todo lo que me pasa, aunque muchas veces no lo entienda, Tú lo permites para darme lo que más necesito en cada momento. Aumenta mi amor. Concédeme la gracia de experimentar tu eterno amor por mí y que este amor me mueva a hacer que los demás también te conozcan y te amen. Gracias, Jesús. Ayúdame a escuchar con el corazón lo que quieres decirme hoy.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 23,13-22
En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les cierran a los hombres el Reino de los cielos! Ni entran ustedes ni dejan pasar a los que quieren entrar.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para ganar un adepto y, cuando lo consiguen, o hacen toda vía más digno de condenación que ustedes mismos!
¡Ay de ustedes, guías ciegos, que enseñan que jurar por el templo no obliga, pero que jurar por el oro del templo, sí obliga! ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el templo, que santifica al oro? También enseñan ustedes que jurar por el altar no obliga, pero que jurar por la ofrenda que está sobre él, sí obliga. ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar, que santifica a la ofrenda? Quien jura, pues, por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él. Quien jura por el templo, jura por él y por aquel que lo habita. Y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por aquel que está sentado en él”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Hoy, Jesús, diriges palabras muy fuertes contra los fariseos. Los llamas hipócritas, ciegos e insensatos. Parecería que son los malos de la película, los villanos del evangelio; y sin embargo, son tus hijos… ¡Y los amas!
Me resulta difícil entender que amas a todos infinitamente, pero a cada uno de diverso modo. Mi amor es limitado. El escucharte denunciar a los fariseos, me parece más una iracunda sentencia de juez que un amoroso regaño de papá. Seguramente no les gustó el regaño, pero Tú sabías que lo necesitaban, al igual que la mamá del niño enfermo le da la medicina aunque a éste no le guste.
Lo mismo pasa con los fariseos: cuando los corriges, no quieres fastidiarlos, sino mostrarles que los amas tanto, que estás dispuesto a sacrificarlo todo con tal de salvarlos.
Y tantas veces haces conmigo lo mismo. Mandas situaciones que no entiendo, eventos que me hacen sufrir, y yo, en lugar de verlos como muestras de tu amor, como la medicina de la que sacarás un bien para mí, me quejo tanto y pierdo de vista el inmenso amor que me tienes.
Perdóname, Jesús. Te agradezco de corazón todo. Lo que me ha parecido bueno y lo que no. Confío en que todo lo has hecho por mi bien, aunque no siempre lo entienda. Dame la gracia de aceptar todo lo que Tú me quieras dar y de darme cuenta que nunca es tarde para amarte.
«Las disimulaciones son vergonzosas, siempre; son hipócritas, porque hay una hipocresía hacia los demás. A los doctores de la ley el Señor dice: “hipócritas”. Pero, hay otra hipocresía: afrontar a nosotros mismos, es decir cuando yo creo ser otra cosa distinta de lo que soy, creo que no necesito sanación, no necesito apoyo; creo que no estoy hecho de barro, que tengo un tesoro “mío”. Y esto es el camino, es el camino hacia la vanidad, la soberbia, la autorreferencialidad de los que no sintiéndose de barro, buscan la salvación, la plenitud de si mismos. No se debe olvidar nunca por ello, que es la potencia de Dios lo que nos salva».
(Homilía de S.S. Francisco, 16 de junio de 2017, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy voy a aceptar de buena gana las pequeñas dificultades del día.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Qué te esclaviza?
Las causas de esclavitud pueden ser variadas.
Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.Net

Cuando pensamos en aquello que te esclaviza, hacemos referencia a los vicios, que pueden ser las drogas o el alcohol, sin embargo en nuestras almas se encuentran las causas más grandes por las cuales perdemos la libertad.
Aun cuando Jesús nos dice en Gálatas 5,1: “Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto, manténganse firmes y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud”. Luego en 2 Pedro 2,19 dice: “Les prometen libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción, ya que cada uno es esclavo de aquello que lo ha dominado”.
Y es que la libertad se encuentra en Cristo y la esclavitud en todo aquello que nos preocupa, nos atormenta, nos quita la paz y nos limita la felicidad. Se transforman en hábitos por lo que permanecen arraigados en nuestra conducta; siendo parte de nosotros, ni siquiera nos percatamos de cuán esclavos de nosotros mismos podemos estar.
Las causas de esclavitud pueden ser variadas. Un puesto laboral, un trabajo, un cargo en una empresa, que nos hace pensar el día entero en cómo mejorar nuestro rendimiento, cómo incrementar nuestra productividad, cómo ser más competitivos o cómo alcanzar un aumento salarial. O un hobbie que nos quita un tiempo precioso que podríamos dedicarlo a la familia y por lo demás significa un importante porcentaje de mi ingreso mensual.
Pueden ser aquellos sentimientos que nos quitan la felicidad: la envidia, el rencor, la ambición, los celos, el egoísmo, la inseguridad.
“Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que mancha al hombre.” (Mateo 15,18).
“Desechad toda maldad todo engaño y toda clase de hipocresía envidia o maledicencia.” (1 Pedro 2,1).
También puede esclavizarnos nuestro pasado: alguna herida de la infancia, algún amor no correspondido, alguna traición o una pérdida dolorosa; todo aquello que no podemos olvidar e incluso, perdonar.
“Soportaos unos a otros y perdonaos si alguno tiene queja contra otro. Del mismo modo que el Señor os perdonó, así también vosotros debéis perdonaros.” (Colosenses 3,13).
La rutina también puede ser una esclavitud: todos los días realizando las mismas actividades y en los mismos horarios no deja espacio para nada nuevo, nada distinto, para ninguna sorpresa de nuestro Señor.
Un exceso de afectividad hacia ciertas personas también puede transformarse en una causa de esclavitud, en la medida que no podamos establecer los límites pertinentes. Así como también podemos ser esclavos de las mismas personas que nos rodean, pues destinamos nuestros esfuerzos en agradarles ya sea para pertenecer a un grupo o para ser considerados en algún lugar.
“¿A quién busco agradar, a los hombres o a Dios? Si tratara de agradar a los hombres, no agradaría a Dios.” (Gálatas 1,10).
Sin percatarnos, podemos estar paralizados por el miedo; al éxito, al fracaso, a la crítica, a la opinión de las personas, a cometer errores, a la soledad, a la traición: personas esclavizadas por el miedo.
“¿Qué más podemos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Romanos 8,31).
“El Señor irá delante de ti; él estará contigo, no te dejará ni te abandonará; no temas ni te desanimes.” (Deuteronomio 31,8).
“Porque no recibisteis el espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba! ¡Padre!” (Romanos 8,15).
“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.” (Lucas 12,32).
Pues bien, todo aquello que nos esclaviza representa pequeños ídolos.
“La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios.” (Papa Francisco).
La Sagrada Escritura nos dice: “No tendrás otros dioses frente a mí.” (Éxodo 20,3).
Un «Dios», es aquello que está en el centro de nuestra vida y de lo que dependemos, aquello que ocupa nuestro pensamiento. Y centrarse en aquello que no es de Dios, es idolatría. Nuestro trabajo, pasatiempo, incluso el conyugue, puede ser un ídolo.
Es tiempo de reflexión, ¿Qué te esclaviza? ¿Cuál es tu ídolo? Si hacemos una especie de examen de conciencia podemos identificar aquello. Lo importante es no perder nuestro centro, Jesús. Colocar nuestra atención en otras cosas nos hace olvidar que nuestra prioridad es Dios y nuestras acciones deben guiarse por su ley, por sus mandamientos, por las bienaventuranzas.
“Reconocer las propias idolatrías es un inicio de gracia que pone en el camino del amor” (Papa Francisco).
Dejemos entonces nuestras amarras, las cadenas que no nos hacen libres para gozar del amor de Dios. Volver a la fuente verdadera, al único motor de nuestras vidas, a aquel que dio la vida por nosotros. Jesús nos invita a dejar a los pies de su cruz, todo aquello que nos impide a seguirlo, porque no hay más: Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6).