Teresa del Niño Jesús, Santa
Memoria Litúrgica, 1 de octubre …
Hoy también se festeja a:
- • Cecilia Eusepi, Beata
- • Juan de Palafox y Mendoza, Beato
- • Bavón de Gante, Santo
- • Eduardo Campion (Geraldo Edwards) y compañeros, Beatos
- • Luis María Monti, Beato
Tomó de la mano a un niño
Por: H. Alexis Montiel, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Hazme entender, Señor, que no importa lo mucho que te he podido herir, sino lo mucho que te podré amar.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 9, 46-50
Un día, surgió entre los discípulos una discusión sobre quién era el más grande de ellos. Dándose cuenta Jesús de lo que estaban discutiendo, tomó a un niño, lo puso junto a sí y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe también al que me ha enviado. En realidad el más pequeño entre todos ustedes, ése es el más grande».
Entonces, Juan le dijo: «Maestro, vimos a uno que estaba expulsando a los demonios en tu nombre; pero se lo prohibimos, porque no anda con nosotros». Pero Jesús respondió: «No se lo prohíban, pues el que no está contra ustedes, está en favor de ustedes».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Conforme voy creciendo, me voy dando cuenta de lo importante que ha sido en mi vida el haber estado acompañado; pero muchas veces, siendo un poco más grande no dejaba que me tomaran de la mano, no me acercaba a quien me podía tomar de la mano. Es cierto que muchas de las veces que salimos de nosotros mismos nos sentimos con miedo a lo que nos puedan decir los demás, con miedo a fallar, con miedo a hacer las cosas mal y, sobre todo, con miedo a que nos lo restrieguen en la cara, con miedo a ser ridiculizados, avergonzados, humillados, heridos…
Lo peor de todo es que muchas veces ponemos a Dios en ese plano, lo consideramos una persona como nosotros, lo vemos como un ser que me puede castigar, como una autoridad terrible y nos rehusamos a que nos tome de la mano.
Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña que no solamente hay que dejarnos tomar de la mano como un niño, sino que hay que ser como una pelotita, la pelotita predilecta del niño Jesús, que no tiene por qué sentirse mal por ser lanzada, o por ser tirada, o por ser dejada. Lo importante es ser esa pelotita que el niño Jesús más quiere y que terminará por estrujar más fuertemente en su corazón.
Pero no hacer nada malo no es suficiente, porque Dios no es un revisor que busca billetes sin timbrar, es un Padre que sale a buscar hijos para confiarles sus bienes y sus proyectos. Y es triste cuando el Padre del amor no recibe una respuesta de amor generosa de parte de sus hijos, que se limitan a respetar las reglas, a cumplir los mandamientos, como si fueran asalariados en la casa del Padre.
(Homilía de S.S. Francisco, 19 de noviembre de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Tomarme muy fuertemente de la mano de Jesús en un momento de oración, seguro de que es en su amor que viviré con paz y seguridad.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Como un niño en las manos de Dios
Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: es. catholic.net
Un niño se siente seguro cuando, a su lado, están sus papás. Puede correr, gritar, pelearse, caer al suelo. Tal vez un golpe abre una pequeña herida y la sangre se pasea por la rodilla. El niño se asusta, llora, corre a ver a su madre. Pronto un beso y un pequeño masaje, acompañado por las palabras «mi rey, no es nada», hacen desaparecen las lágrimas, y el niño vuelve a sus aventuras y su sueños.
Así es el niño: un continuo sucederse de estados de ánimos, de risas y de lágrimas, de miedos y de seguridades. La brújula se mantiene con un norte constante si cerca hay alguien que le quiere, le sigue, le endereza y le ayuda cuando las cosas empiezan a ponerse mal. El niño juega tranquilo si sabe que mamá está a su lado. Las madres tienen un sexto sentido para detectar los peligros y para descubrir las enfermedades cuando empiezan los primeros síntomas. El niño se da cuenta de esto, casi sin decirlo, y por eso vive con una paz envidiable.
Los mayores vivimos a veces muy seguros de nosotros mismos. Hacemos nuestros programas, vamos al trabajo, pensamos en el verano y controlamos que quede un ahorrito en el banco. Nos sentimos tranquilos cuando todo está bajo control, y la posibilidad de una bancarrota, una crisis laboral, la expulsión de la fábrica o el susto de un accidente nos angustian, nos paralizan, quizá incluso nos llevan a la desesperación.
¿Por qué somos tan distintos de los niños? Porque creemos que la madurez coincide con la autosuficiencia, y porque pensamos que vivir siempre arropados por los padres es señal de infantilismo. Además, buscamos la seguridad en cosas que no son para nada estables. Incluso, si somos honestos, nosotros mismos no podemos garantizar nuestra salud ni siquiera para las próximas 24 horas…
En el Evangelio se nos pide que volvamos a ser como niños si queremos entrar en el Reino de los cielos. Es decir, hay que dejarle las riendas a Dios, para que nos conduzca y nos lleve a donde quiera con su cariño de Padre bueno. Hay que levantar los ojos llorosos al cielo para pedir perdón cuando hemos pecado o para pedir ayuda cuando las cosas en la familia o el trabajo no van bien. Hay que saber cerrar los ojos cada noche con la seguridad de que mañana Dios seguirá allí, fiel, dispuesto a ayudarnos si nos dejamos ayudar, a levantarnos si caemos, a consolarnos si las heridas de la vida son profundas.
Dios es como una madre, nos dice la Biblia. Lo que pasa es que a veces nos sentimos demasiado grandes y no le dejamos cogernos de la mano para ir al médico, para cambiarnos de ropa o para pedirnos que dejemos a los demás un poco de nuestro tiempo, cualidades o incluso de nuestro dinero.
Cuando nos ponemos en manos de Dios, le dejamos escribir una historia llena de amor, de alegría, de paz. Una historia de esperanza, como en la vida de los santos. No cuesta nada dejarse llevar por Dios si descubrimos que nos ama. Por eso los niños confían ciegamente en sus padres. La desconfianza infantil es normal cuando llega un extraño, pero no cuando entran en casa papá o mamá. Quizá, con nuestros miedos, hemos hecho de Dios un extranjero, cuando, de verdad, es siempre un Padre que nos ama.
