
Catalina de Siena, Santa
Memoria Litúrgica, 29 de abril…
- Hoy también se festeja a:
- • Ana (Hanna) Chrzanowska, Beata
- • Itala Mela, Beata
- • Torpetes, Santo
- • Acardo de Avranches, Santo
- • Severo de Nápoles, Santo
El puesto del servidor auténtico
Santo Evangelio según san Juan 13, 16-20. Jueves IV de Pascua
Por: Javier Castellanos, LC | Fuente: www.somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
María, llévame hacia el Corazón de tu Hijo y enséñame a escuchar sus latidos. Tú conoces mejor que nadie a Cristo: ayúdame a imprimir su imagen en mí para transmitir su amor a mis hermanos. Así sea.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 13, 16-20
En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: «Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos.
No lo digo por todos ustedes, porque Yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.
Yo les aseguro: el que recibe al que Yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
Termina la cena y alguien tiene que levantarse a lavar los platos. Esto es lo ordinario en casa. Pero Cristo va más allá: se levanta, se quita el manto –signo de su dignidad– pero no lava platos: lava pies… Toma el puesto del sirviente. Quiere llegar al fondo de la humildad.
«Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón.» (Mt 11, 29) Tú, Jesús, me enseñas con tu ejemplo. Así puedo conocer lo que de verdad hace dichoso. Porque sólo es dichoso el que se entrega sin reservas, el que ama hasta dar la vida, el que vive para servir. Alguien tenía que redimir al ser humano y Tú has tomado este puesto. Alguien tenía que expiar el pecado del mundo y Tú has aceptado la cruz.
Me has escogido, Señor, para enseñar esto a los demás con mis palabras y mis obras. Desde el momento del bautismo soy un enviado, un apóstol para que otros puedan descubrir tu amor y tu entrega. Actúa en mí este día. Entra en mi corazón y ayúdame a manifestar la Buena Noticia. Tal vez se me presenten oportunidades sencillas, pero cada gesto de amor sincero lleva tu imagen. Por eso te pido que me acompañes hoy, Señor, para que allá donde me envíes los demás puedan recibirte.
«Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: “yo estoy a tu servicio”. Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. A veces estoy enfadado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Como sacerdote y como obispo debo estar a vuestro servicio. Pero es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado».
(Homilía de S.S. Francisco, 28 de marzo 2013).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy buscaré servir de algún modo durante la comida.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Dios: la única seguridad
Meditación. Una fe pura y sencilla
Por: Cefid | Fuente: Catholic.net

Acto preparatorio: Señor, Tú eres el Príncipe de la Paz. Los ángeles cantaron sobre tu cuna: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Ayúdame a establecer la paz en mi propio corazón, en mi familia y en el lugar donde estudio o trabajo.
Objetivo: En esta meditación vamos a aprender cómo edificar bien nuestra vida sobre las columnas que nos indica Jesús. Las columnas de la paz se levantan dentro del corazón de cada hombre.
Petición: Jesús, Príncipe de la Paz, haz de mi un instrumento de tu paz. Ayúdame a vivir tu paz, paz que nadie nos podrá quitar porque no desaparece cuando vienen las tentaciones o los sufrimientos, paz que se comparte y se disfruta con los que nos rodean, paz que sólo Tú nos puedes dar.
Contempla el nacimiento de Jesús:
“Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sito en el alojamiento.
Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. El ángel les dijo: ‘No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: ‘Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace”. (Lc 2,1-14)
1. Cristo vino a este mundo donde reinaba la “pax romana”.
El Evangelista hace referencia al emperador César Augusto. Éste había establecido la paz por todas partes. Era una paz muy especial, pues su fundamento no era el respeto a la vida ajena, sino el miedo a Roma. No era una paz profunda, sino artificial.
Hoy en día es impresionante ver que se hable tanto de paz; se crean organismos internacionales (especialmente la ONU) para asegurar la paz y se fundan ONG´s (Organizaciones No Gubernamentales) para promover la paz en el mundo. Sin embargo, la última mitad del siglo XX y el inicio de éste han sido marcados por la violencia en muchas partes del mundo. La peor violencia no es la que hacen los terroristas, sino la que hacen los que ejecutan el aborto directo (Según las estadísticas cada año en el mundo se practican 62 millones de abortos directos; ¡Es como si cada año mataran el equivalente a toda la nación italiana!).
Parece que la paz reina sólo en los labios de los hombres, pero no tanto en sus corazones. La verdadera paz en el cristiano es de orden interior, conocimiento de las propias miserias y las propias virtudes, respeto a los demás y confianza plena en el Señor. Esta paz una consecuencia de la humildad.
2. El mundo rechazó a Cristo, Príncipe de la Paz cuando vino a este mundo.
Dijo Fulton Sheen, obispo de Rochester en los Estados Unidos, que las palabras más tristes del Evangelio son éstas: “No hubo sitio para ellos en el mesón”. Era como un símbolo de lo que iba a ser la vida de Jesús: muchos lo iban a rechazar.
Tal vez alguien en Belén dijo a María y José que tenían una cueva libre en las inmediaciones de la aldea. De hecho era común entonces que las personas adaptaran alguna cueva como vivienda. Se les ofreció este “inmueble” con mucho gusto.
Impresiona este tipo de acto de caridad. Nos hace pensar en otros personajes del tiempo de Jesús que tuvieron la oportunidad de hacer algo grande por Él.
Pensemos en Pilato que tuvo la oportunidad de salvar a Jesús, pero se lavó las manos; en Verónica que aprovechó la ocasión para ofrecer a Jesús un paño para secar su rostro sangriento y sudoroso; en Simón de Cirene que pudo ayudarle a llevar la cruz, aunque lo hizo a regañadientes. Podríamos ser atrevidos y afirmar que Dios creó a estas personas para hacer algo grande en su vida. Unas aprovecharon la oportunidad y otras no.
Y usted, ¿cuántas oportunidades ha tenido de hacer algo grande por Cristo? ¿Las ha dejado pasar? ¿Las ha aprovechado? Hay muchas maneras de rechazar a Jesús y una es desaprovechar estas ocasiones que Él nos brinda para mostrarle nuestro amor.
3. Los ángeles cantaron gloria a Dios en el Cielo y paz a los hombres en la tierra.
Los ángeles cantaron así: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. En este cántico hay una especie de inciso, como los que se ponen en los contratos legales, y es muy importante. La paz se ofrece, no a todos los hombres, sino sólo a “los de buena voluntad”. Esta aclaración tiene una importancia colosal para poder establecer la paz en el mundo. No se puede tener una verdadera paz si los hombres no tienen buena voluntad.
Dijo Tomás de Kempis, en su libro “La Imitación de Cristo”: “Si quieres establecer la paz en el mundo, comienza por establecerla dentro de ti primero”. Hay muchos que quieren arreglar el mundo, pero no quieren arreglar SU mundo.
Conclusión: La paz que ofrece Cristo no es un equilibrio de fuerzas; no es el silencio de la tumba, no es una convivencia pacífica al modo de la “pax romana”. Es una realidad interior en el hombre. Si quiere establecer la paz en el mundo, comience por establecerla dentro de sí mismo.
“La verdadera. La única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos del amor de Dios y animados de la esperanza del cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo… Se equivoca quien se figura que podrá encontrar paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas” (San Beda, Antología de textos, Ed. Palabra, España, p. 1087).
La paz es madre del amor… Cristo, es quien nos manda conservar esta paz, ya que Él ha dicho “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). Como seres finitos debemos estar convencidos que la paz de Cristo la conquistaremos por medio de una fe pura y sencilla, sin mezcla de amor propio, por tanto libre y sin temor.
Unas sugerencias:
· Cada noche haga un breve examen de conciencia antes de ir a dormir. Pregúntese cuánto odio, envidia, resentimiento, etc. hay en su corazón.
· Confiésese. Así la paz de Cristo no será una idea vaga o un sentimiento pasajero, sino una realidad palpitante en su corazón.
· Haga la paz con alguna persona. Por lo menos, haga el esfuerzo por hacerlo.
Oración: María, tú fuiste el testigo más privilegiado del nacimiento de tu Hijo. Escuchaste el cántico de los ángeles en el cielo sobre Belén. Mira a este mundo que jadea entre la guerra y la violencia. A través de tu intercesión maternal, alcánzanos la gracia de ser hombres de paz. María, Reina de la Paz, ayúdanos a establecerla dentro de nuestros corazones y dentro de nuestras familias.
Cuestionario:
1. ¿Tengo la pretensión de querer establecer la paz en EL mundo, pero sin establecerla dentro de MI mundo?
2. ¿Tengo un programa de vida donde me proponga medios concretos para alcanzar mi paz interior?
3. ¿Aprecio el sacramento de la reconciliación como el instrumento más valioso para establecer la paz dentro de mi corazón? ¿Uso este medio valiosísimo que Dios me da? ¿Soy una de esas personas que, con mentalidad protestante, “me confieso directamente con Dios”?
4. ¿Cómo puedo ser un hombre de paz en mi propio ambiente?