Vicente de Paúl, Santo
Memoria Litúrgica, 27 de septiembre …
Hoy también se festeja a:
- • Francisca Javier de Rafelbuñol, Beata
- • Elzeario de Sabran, Santo
- • Lorenzo de Ripafratta, Beato
- • Terencio y Fidencio de Todi, Santos
- • Vicente de Paúl, Santo
Jesús actúa en nuestro aquí y ahora
Por: H. Jesús Alberto Salazar Brenes, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Mi alma tiene sed de Ti, Dios mío. Tu rostro busco, ¡no te ocultes!
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 9, 7-9
En aquel tiempo, el rey Herodes se enteró de todos los prodigios que Jesús hacía y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado; otros, que había regresado Elías, y otros, que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Pero Herodes decía: «A Juan yo lo mandé decapitar. ¿Quién será, pues, éste del que oigo semejantes cosas?». Y tenía curiosidad de ver a Jesús.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Herodes deseaba ver a Jesús. Así nos puede suceder también a nosotros, pues hemos escuchado tanto de Él, que a la larga se nos figura en la mente como un personaje histórico, un sabio de la vida a ejemplo de Sócrates, Aristóteles o Platón. En otro plano quizás, aunque repitamos que Jesús es nuestro amigo, nuestra relación verdadera con Él puede estar un poco fría y lo veamos como alguien tremendamente lejano a nuestra realidad, casi como si fuera un mito.
Sin embargo, Jesús no es un mito porque es un hombre real que entró en la historia y entra en nuestra historia, y como Dios y hombre verdadero, trasciende la historia y actúa en nuestra vida, en nuestro aquí y ahora.
El gran error del cristiano es comportarse como Herodes, quedándose con lo que otros dicen de Jesús. Podemos tener muy buena disposición, querer conocerlo y escuchar lo que dice el Evangelio, pero hay que dar un paso más. Tenemos que vivir la experiencia íntima de Jesús; no sólo leer el Evangelio, sino buscar cómo me quiere hablar Dios a mí; no sólo tener buena disposición, sino reflexionar a qué me mueve el Evangelio y ponerlo en práctica.
El Jesús de la historia y el Jesús de la fe son uno solo, el Mesías, Dios y hombre verdadero que nos espera porque quiere cambiarnos la vida y llenar todo nuestro ser. Ahora es cuando decimos con el salmista: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (Sal 41).
Jesús no habla de un conocimiento intelectual, sino de una relación personal, de predilección, de ternura mutua, un reflejo de la misma relación íntima de amor entre Él y el Padre. Esta es la actitud a través de la cual se realiza una relación viva y personal con Jesús: dejándonos conocer por Él. No cerrándonos en nosotros mismos, abrirse al Señor, para que Él me conozca. Él está atento a cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón profundamente: conoce nuestras fortalezas y nuestras debilidades, los proyectos que hemos logrado y las esperanzas que fueron decepcionadas. Pero nos acepta tal como somos, nos conduce con amor, porque de su mano podemos atravesar incluso caminos inescrutables sin perder el rumbo. Nos acompaña Él.
(Regina coelide S.S. Francisco, 22 de abril de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Dedicaré un tiempo a orar de una forma más sencilla, hablándole a Jesús como Dios cercano que es, y no como una simple idea intelectual.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Perdonar es lo mismo que olvidar?
Por: Redacción | Fuente: Rado María Argentina
En distintas situaciones de la vida, sufrimos ofensas, decepciones, tristezas o dolor provocados por otras personas. Esas sensaciones suelen ser difíciles de sobrellevar y aceptar. En ocasiones nos encerramos en ellas, y en otras, renunciamos al orgullo y buscamos la paz.
Ante esto, surge la pregunta si perdonar es lo mismo que olvidar. El padre Sebastián García, de la Congregación Sagrado Corazón de Jesús en Capital Federal, dialogó con Radio María y reflexionó al respecto.
El Padre Sebastián indicó lo siguiente:
Hay tres dimensiones a considerar.
- La primera es que perdonar no es igual a olvidar.
- La segunda es tratar de no responder de la misma manera con el mal que me causaron.
- La tercera, es mirar la historia y dar gracias por las ofensas que sufrí, porque esconden un sentido redentor.
El desafío al que nos invita Jesús es el de vivir reconciliados. En primer lugar, perdonar significa renunciar a la venganza. Es no devolver al mal que me han causado con otro mal mayor.
Que una persona perdone de corazón no significa que vaya a olvidar el daño causado. Cuando vemos situaciones de personas que nos han herido o lastimado, es muy difícil olvidar, pero la no capacidad de olvido no hace imposible el perdón, sino al contrario. Con esa herida en el corazón y en el alma, puedo ofrecer una primera instancia de perdón
Ante el recuerdo doloroso, está la opción de perdonar
Muchas veces no nos vamos a olvidar del mal que nos causaron o que causamos, pero podemos perdonar, que es la capacidad de recrear un vínculo y renunciar a pagar el mal con el mal.
Desde la mirada creyente, esas situaciones en que me han ofendido o lastimado son ocasión y posibilidad de nueva vida. Yo le puedo dar gracias a Dios por las heridas de mi vida, por esta posibilidad de nueva vida, de ver desde una nueva perspectiva.
Si uno lee el Evangelio, ve que Jesús sufre las opresiones y las carga en su propia cruz. Si uno lo ve fríamente, perdonar no sirve. Pero si lo ves de una perspectiva de fe, perdonar es el acto en el que más nos asemejamos a Dios.
Nos hacemos más seres humanos y cristianos en la medida en que más perdonamos. A veces tenemos que perdonarnos a nosotros mismos, porque Dios perdona todo.
¿Quién sufre: el que odia o el que es odiado?
El Padre Ignacio Larrañaga nos dejó una meditación sobre el perdón que vale la pena dejar como aporte en este espacio:
Pocas veces somos ofendidos; muchas veces nos sentimos ofendidos.
Perdonar es abandonar o eliminar un sentimiento adverso contra el hermano.
¿Quién sufre: el que odia o el que es odiado?
El que es odiado vive feliz, generalmente, en su mundo. El que cultiva el rencor se parece a aquel que agarra una brasa ardiente o al que atiza una llama. Pareciera que la llama quemara al enemigo; pero no, se quema uno mismo.
El resentimiento solo destruye al resentido.
El amor propio es ciego y suicida: prefiere la satisfacción de la venganza al alivio del perdón. Pero es locura odiar: es como almacenar veneno en las entrañas.
El rencoroso vive en una eterna agonía.
No hay en el mundo fruta más sabrosa que la sensación de descanso y alivio que se siente al perdonar, así como no hay fatiga mas desagradable que la que produce el rencor. Vale la pena perdonar, así como no hay fatiga más desagradable que la que produce el rencor. Vale la pena perdonar, aunque sea solo por interés, porque no hay terapia mas liberadora que el perdón.
No es necesario pedir perdón o perdonar con palabras. Muchas veces basta un saludo, una mirada benevolente, una aproximación, una conversación. Son los mejores signos de perdón.
A veces sucede esto: la gente perdona y siente el perdón; pero después de un tiempo, renace la aversión. No asustarse. Una herida profunda necesita muchas curaciones. Vuelve a perdonar una y otra vez hasta que la herida quede curada por completo. (Padre Ignacio Larrañaga)
