
María Magdalena, Santa
Memoria Litúrgica, 22 de julio …
- Hoy también se festeja a:
- • Agustín de Biella Fangi, Beato
- • Felipe Evans, Santo
- • Ireneo Jacinto (Joaquín Rodríguez Bueno), Beato
- • Virginio Pedro (Vicente López y López), Beato
- • María Inés Teresa Arias, Beata
Dónde lo pusieron
Santo Evangelio según san Juan 20, 1. 11-18. Jueves XVI del Tiempo Ordinario
Por: Balam Loza, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
«Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía: antes de que nacieses te había consagrado yo profeta; te tenía destinado a las naciones» (Jr.1, 5). Señor, Tú me has creado y me has amado. Poniéndome en el mundo me has confiado una misión y por eso vengo hoy aquí para escuchar lo que quieres decirme y hacer lo que quieres pedirme. Señor, tuyo soy, para Ti nací, ¿qué quieres de mí?
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 20, 1. 11-18
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?”. Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?”. Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo han puesto”. Jesús le dijo: “¡María!”. Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’”.
María Magdalena se fue a ver a los discípulos y les anunció: “¡He visto a mi Señor!”, y les contó lo que Jesús le había dicho.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
«Echó a correr». La vida de María Magdalena está marcada por una continua búsqueda de Jesús. Su alma está sedienta de escuchar esas palabras del Maestro, y su corazón está tranquilo mientras está a sus pies a la caída del sol en Betania, compartiendo la mesa. María, la pecadora, ha hecho la experiencia de la misericordia del Señor.
En este pasaje sale María muy de mañana y a todo correr. Su vida está siempre al cien. Tal vez no habría dormido y estaría cansada, pero el amor lo soporta todo. Y he ahí que Jesús no se deja ganar en generosidad y se le presenta vivo y luminoso. ¡Resucitado! Jesús la llama por su nombre y la colma de alegría. El encuentro no habría sido muy largo, pero seguramente muy intenso. Acto seguido sale a todo correr a anunciar a todos que había visto al Señor.
El ser cristiano es justamente esto, transmitir a los demás lo que se ha experimentado en la oración. Hacerles partícipes del gran encuentro con el Amigo, con el Padre, con el Hermano, con el mismo Dios. El cristiano es alguien que arde en deseos por llevar la alegría a todo aquel que la necesita. No es alguien apagado sino alguien ilusionado por un mundo mejor. No se desanima al ver la gran cantidad de noticias tristes que pueda leer en el periódico o ver en la televisión, sino que sale corriendo al encuentro de los necesitados para trasmitirles su experiencia.
«Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia. Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros. Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo».
(Homilía de S.S. Francisco, 15 de abril de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy voy a ir a visitar algún familiar o conocido que esté solo o triste. Voy a llevarle algún detalle que le pueda alegrar y lo invitaré a rezar conmigo.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
El cielo: ¿qué es? y ¿qué hay?
¡TENEMOS que llegar al cielo!
Es el sentido último de nuestra vida
Por: Steven Neira | Fuente: Capsulas de Verdad

Esta es la pregunta que no puede faltar en ninguna clase de catequesis o grupo juvenil o – por supuesto – reunión familiar. Alrededor de este tema la gente ha dejado volar la imaginación a niveles a veces insospechados, suponiendo que habrá una fuente inagotable de chocolate y donde evidentemente nadie engordará, como para otros el cielo puede ser emborracharse en la mesa de Odín… en fin, nada más lejano de la realidad. Honestamente, nadie puede realmente decirnos cómo será el cielo o qué haremos en él. Por otro lado, sí que se puede dar cierta descripción que hará que cualquiera quiera estar allí, aunque no podamos dar el lujo de detalles. Como primera aclaración hay que decir que la vida eterna comienza desde nuestro bautismo y no después de nuestra muerte como muchos piensan, en otras palabras, la vida eterna la hemos empezado a vivir desde ya (si es que somos bautizados), dado que a partir del sacramento del bautismo hemos empezado a participar de la vida divina.
¿Qué sabemos sobre el Cielo?
Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha[1]
Primero que nada, debemos recordar la razón por la cual Dios nos ha creado. Desde la eternidad, Dios es una comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A Dios no le falta nada. Sin embargo, por alguna razón (y ésta razón es el amor), Dios decidió libremente crearnos para luego invitarnos a compartir lo que Él es por naturaleza. Es decir, Dios nos ha creado para que compartamos la vida y el amor de la Trinidad. El Cielo es, en última instancia, el cumplimiento de esa meta. En el Cielo habremos de participar de la misma vida divina, es decir, que hemos de compartir la verdad, bondad, belleza, paz y amor de la Trinidad. Viviremos para siempre con El y gozaremos todo de Él. Ya que ésta es la razón única de nuestra existencia, el hecho de llegar el Cielo, habrá de ser el cumplimiento pleno y total de nuestros más profundos anhelos y deseos.
La Biblia nos explica que en el cielo veremos a Dios “cara a cara”[2]. En otras palabras, podremos verlo de una manera íntima y única sin nada que nos nuble la visión o que nos impida experimentarlo tal como en verdad es. Dado que siempre hay una forma de hacer que algo suene complejo e importante, esta realidad no es la excepción, así que la definición teológica para esto es la visión beatífica, y aquí dejaré que el Catecismo hable por mí nuevamente (comprenda mi incapacidad para describirlo mejor…):
A causa de su trascendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia “la visión beatífica”[3].
Hay que aclarar también, que el cielo no está ubicado propiamente “arriba” ni el infierno “abajo”, sino que son formas humanas que tanto las Escrituras como el arte cristiano nos han ayudado a comprender en base a alegorías y analogías, dado que nosotros estamos limitados por el tiempo y el espacio. Realidades que tanto Dios, como el cielo y el infierno, trascienden de manera absoluta.
¿A quiénes me encontraré allí?
Esta suele ser la pregunta que muchos nos hacemos al momento de pensar tanto en aquellas personas que han partido, como en aquellas que dejaremos en esta tierra cuando partamos nosotros. La Iglesia enseña que en el cielo experimentaremos un sentido profundo de comunión con todos nuestros hermanos. Por la fe sabemos claramente que la muerte no es el final de la historia; aquellos que han muerto con Cristo también vivirán con Él en la gloria. En el cielo, nos reuniremos con todos aquellos que han vivido el camino de la fe a través de la historia… sólo piénsalo por un segundo: imagínate el poder ver a nuestros seres queridos, nuestro ángel guardián y los grandes santos del Antiguo Testamento. En el cielo estaremos unidos a ellos como resultado de nuestra unión con Dios. Esa comunión será mucho mayor que cualquier amistad o amor que hemos experimentado en esta vida.
¿Cómo seremos? ¿Qué haremos?
Este es el momento para aclarar una creencia muy común: NADIE se convierte en ángel en el cielo, de modo que expresiones como “tengo un angelito en el cielo” no sólo que no son correctas, sino que reducen por completo la belleza del significado de la Encarnación. Recordemos que Dios se hizo hombre y asumió nuestra naturaleza, dándonos una dignidad mayor que la de los ángeles, es así que Dios ha puesto a ciertos ángeles a nuestro servicio. Como lo prometió Cristo (y como lo demostró resucitando Él mismo), habremos de gozar de un cuerpo glorioso como el Suyo. Sin embargo, al respecto Juan dice lo siguiente…
Carísimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es.[4]
Aunque pareciera que san Juan se queda corto… bueno no les mentiré, no sólo él sino cualquiera se quedaría corto. Parafraseando el Catecismo, en la alegría del cielo continuaremos cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con respecto a nuestros hermanos y a la Creación entera. Es decir que habremos de reinar con Cristo por los siglos de los siglos[5]. Allí no habrá ya más dolor, cansancio, hambre ni insatisfacción alguna sino solamente felicidad plena y verdadera. ¿Han experimentado el grito de gol del equipo de nuestro país en un mundial de fútbol?… bueno, esa sensación de sentimientos encontrados de euforia y alegría suelen durar unos minutos, en el cielo – y me perdonarán los teólogos por el ejemplo un tanto inadecuado – durarán por toda la eternidad y serán mil veces más profundo y verdadero.
Todo esto, sólo para llegar a la conclusión lógica: TENEMOS que llegar al cielo. Es el sentido último de nuestra vida y definitivamente sería un fracaso total de la existencia el no haber llegado. Que Dios nos dé la gracia de alejarnos y eliminar todo aquello que nos aleja de Su amor.