
Teresa de Calcuta, Santa
Religiosa y Fundadora, 5 de septiembre …
Hoy también se festeja a:
- • Mateo Casals y 108 compañeros, Beatos
- • Gentil de Matelica, Beato
- • María Magdalena de la Pasión (Constanza Starace), Beata
- • Bertín o Bertino de Sithin, Santo
- • Raíssa o Iraida, Santa
Testigos y enviados de Cristo
Santo Evangelio según san Lucas 5, 1-11. Jueves XXII del Tiempo Ordinario.
Por: Redacción | Fuente: Catholic.net

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Jesús, gracias porque hoy tengo la oportunidad de suplicarte que entres a la barca de mi vida. Por intercesión de tu Madre santísima, quiero apartarme de mis preocupaciones y de todo lo que me distraiga o impida escucharte en esta oración.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 5, 1-11
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a la orilla del lago Genesaret; y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.
Palabra del Señor
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Es sorprendente la suavidad con que Cristo va guiando a sus amigos hacia la conversión. En este pasaje, se nos cuenta cómo logró conquistar a Pedro.
El apóstol San Pedro, antes de conocer al Señor, era Simón el pescador. Un hombre recio, acostumbrado a la dura tarea de la pesca. Seguramente era uno de los más importantes del negocio y uno de los más respetados, debido a su carácter fuerte. Jesús se acercó a él, se subió a una de las barcas y le pidió que se alejara un poco para poder predicar a la muchedumbre. Pedro estaba pendiente del timón y de los remos, quizás sin escuchar las palabras del Señor.
Pero luego, Jesús le miró y le dijo que fuera mar adentro, a pescar. Simón se extrañó. ¿Pero cómo? ¿No sabe éste que yo soy un profesional? Si no he pescado nada durante la noche, ¿cómo voy a hacerlo a pleno día? Sin embargo, le dijo: Lo haré porque tú me lo pides.
Jesús esperaba estas palabras, esperaba un poco de humildad por parte de Pedro, el impetuoso. Fue entonces cuando se obró el milagro. “Y pescaron gran cantidad de peces”. Al ver lo sucedido, Pedro se olvidó de la pesca y cayó de rodillas ante Jesús.
El Señor sabía muy bien cómo ganárselo, con amabilidad, sin recriminaciones. Y luego le dijo: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres».
«La fuerza de la Palabra de Dios está en ese encuentro entre mis pecados y la sangre de Cristo, que me salva. Y cuando no existe ese encuentro, no hay fuerza en el corazón. Cuando se olvida ese encuentro que hemos tenido en la vida, nos hacemos mundanos, queremos hablar de las cosas de Dios con lenguaje humano, y no sirve: no da vida. Asimismo, también Pedro -en el Evangelio de la pesca milagrosa- experimenta encontrar a Cristo viendo el propio pecado: ve la fuerza de Jesús y se ve a sí mismo. Se arroja a sus pies diciendo: «Señor, aléjate de mí porque soy un pecador». En este encuentro entre Cristo y mis pecados está la salvación. De nuevo, el lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo son nuestros propios pecados. Si un cristiano no es capaz de sentirse precisamente pecador y salvado por la sangre de Cristo, este Crucificado, es un cristiano a mitad de camino, es un cristiano tibio».
(Homilía de S.S. Francisco, 4 de septiembre de 2014).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Ser un pescador que atrae gente por el testimonio de vida cristiana que doy
Despedida
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Teresa de Calcuta, una santa del pueblo
Así era la madre Teresa de Calcuta, no tenía miedo de nada y no daba marcha atrás fácilmente
Por: Cardenal Carlo Maria Martini | Fuente: El Observador 432

Un día cualquiera de los años 80 apareció sobre mi mesa de trabajo un mensaje. Lo enviaba la madre Teresa de Calcuta. Decía simplemente lo siguiente: «Mañana mis hermanas llegan a Milán». Eso era todo. Sin preparativo ni presentación previa alguna. Y eso que se habían barajado varias hipótesis sobre la llegada de las Misioneras de la Caridad a Milán. Pero ella había decidido que al día siguiente sus hermanas comenzarían a trabajar en la ciudad. Y así lo hicieron.
Llegaron las hermanas y lo único que traían era un pequeño sagrario que les había dado personalmente la madre Teresa, diciéndoles: «Esto es lo más importante». Para todo lo demás la gente proveerá. Y de hecho, la gente se lanzó inmediatamente a ayudar a las pequeñas monjitas de sari blanco y azul que se ocupaban de los más abandonados.
Así era la madre Teresa. Cuando había tomado una decisión la llevaba adelante de una manera fulminante y segura. No tenía miedo de nada. Y no daba marcha atrás fácilmente porque sabía que todo lo que hacía estaba inspirado por una absoluta gratuidad, mirando sólo al bien de los más pobres. Recuerdo otra anécdota. Me encontraba en un país del África central en el que reinaba una dictadura. Varios sacerdotes habían sido encarcelados. Las actividades de los misioneros estaban vigiladas y habían sido reducidas a su mínima expresión. Imposible acercarse al presidente de la república, que parecía encerrado en una torre de marfil. A duras penas conseguí hablar con un ministro para subrayar la injusticia de la situación. Supe después que esos mismos días había llegado la madre Teresa en un pequeño avión. E inmediatamente había conseguido audiencia con el presidente para exponerle sus planes y su voluntad. Cuando se trataba del bien de sus pobres no se arrugaba ante nadie y sabía enfrentarse con desenvoltura a las más altas instancias.
Admiraba en ella su capacidad de saberse dedicar a fondo a su causa y, al mismo tiempo, saberse limitada en sus objetivos. Era consciente de que no podía solucionarlo todo: tenía que optar y ella tenía muy claras sus opciones.
En los años 70, recuerdo que participé en unas discusiones en Roma con varias personas de su entorno, que habrían querido ampliar el campo de su actividad, sobre todo en Europa, iniciándose en los problemas de la recuperación social de las personas marginadas a través de programas culturales de reinserción social. Pero la madre Teresa se mantuvo siempre firme en sus posiciones.
Pensaba que a ella y a los que con ella trabajasen les tocaba ocuparse inmediatamente de los más desgraciados, de los más miserables, dejando a otros el cuidado de llevar adelante otros programas. Decía: «Nosotras no somos asistentas sociales». Apreciaba cualquier programa social, pero pensaba que su parte era la de la caridad que se inclina hacia el moribundo abandonado y hacia el hambriento sin techo.
Su vocación era socorrer a personas y situaciones que otros consideraban irrecuperables. Jamás la vi dudar sobre este punto. Tenía muy claro que cada cual tiene su propia misión y ella sabía perfectamente cuál era la suya. Esta resolución suya se fundamentaba en un maridaje fascinante, en su extraordinaria dulzura, ternura y humildad. Sabía hablar a las grandes multitudes, manteniendo siempre la compostura, tranquila y serena, como si estuviese participando en una conversación familiar.
Recuerdo que una vez escuché de sus labios, grabado en un magnetofón, un mensaje que debía proclamarse ante 80 mil personas en un estadio. Había prometido asistir en persona, pero se había puesto enferma en el último momento. Hablaba con tranquilidad, con dulzura, sin preocuparse de hacer un gran discurso a la multitud. Decía sencillamente las cosas que le salían del alma. Por eso la gente la entendía y la consideraba creíble.
¿Tenía algún secreto la madre Teresa? Claro que sí, tenía un secreto que nunca guardaba para sí: era su capacidad de ver en el rostro del más pobre y abandonado el rostro del Señor Jesús. Y toda su labor estaba sostenida por una oración intensa y por un constante deseo de santidad. Ésta era la exhortación con la que firmaba todas sus cartas a los amigos: «Be holy», sé santo. Quería que sus hermanas participasen de su ardor espiritual. Y en cuanto a los numerosísimos laicos colaboradores, no necesitaba hacerles grandes discursos. Sabía que poniéndoles en contacto con los más pobres y haciéndoles trabajar al lado de sus hermanas pronto comprenderían al menos algo de su secreto.
Me parece que hay en su figura algunas afinidades con la del papa Juan XXIII. Ambos eran sencillos y espontáneos. Ambos eran capaces de hacerse entender por cualquiera y sin necesidad de pronunciar muchas palabras.
Además, desde la diversidad de sus roles, han hecho surgir un retrato de hombre y de mujer cristianos plenamente creíbles, incluso para poder ser aceptados por todos, superando cualquier limitación cultural o religiosa.
Incluso por lo que respecta al papel de la mujer en la sociedad, la madre Teresa no se perdía en discursos abstractos. Conocía muchas situaciones dramáticas y hacía todo lo posible para remediarlas y para hacer crecer una conciencia nueva sobre la dignidad femenina. Y lo hacía sobre todo, con su ejemplo. Mostraba, con su delicadeza y ternura hacia los más débiles y con su firmeza ante los poderosos, cuánta fuerza hay en el corazón de una mujer y cuánta dignidad se encierra en una conciencia totalmente dedicada a un gran ideal.