
Carlos Borromeo, Santo
Obispo de Milán, 4 de noviembre …
- Hoy también se festeja a:
- • Teresa Manganiello, Beata
- • Vidal y Agrícola, Santos
- • Emerico de Hungría, Beato
- • Francisca de Amboise, Beata
- • Amancio, Santo
Quisiera escuchar tu corazón con alegría
Santo Evangelio según san Lucas 15, 1-10. Jueves XXXI del Tiempo Ordinario
Por: Iván Yoed González Aréchiga, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey Nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, tu Espíritu siempre me lleva a amar, a construir, a difundir el bien, la verdad, y su belleza. Enséñame a escucharte en mi interior, a permitirte entrar en mi corazón, a dejarte guiar mi vida. Seré dócil: con tu gracia lo seré.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-10
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: «Este recibe a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo entonces esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido”. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse.
¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido”. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
A veces soy duro de juicio con quien hace el bien; y mi juicio llega a extenderse incluso a Dios, sin quizá darme cuenta. En mi interior, en mi corazón, pretendo comprenderlo todo, Dios mío. Sí, ésa es mi tendencia. Siento constantemente una inclinación a darme la razón; a veces hasta cuando yo mismo sé que podría equivocarme.
¿Por qué no tiendo a lo contrario? Es decir, quizá me he dedicado tantas veces a seguir mis pensamientos, sentimientos, tanto, que poco escucho otras voces, otras opiniones, otros corazones, y quizá tampoco el tuyo…
Contemplo sólo mi percepción, y no miro, no intento siquiera mirar el interior de mi prójimo. Sí, de ése, de aquél; todos son mi prójimo. Y quizá los juzgo, sin pensar que también son hombres, mujeres que buscan caminar en este mundo, encontrar su felicidad.
Si alguna vez conoceré lo que hubo en cada persona, qué deseos, qué pensamientos, qué intenciones, qué ilusiones, no lo sé. Pero sé que Tú me pides una cosa, Dios mío: seguir tu ejemplo. Qué modelo tan digno de imitar, no lo hay mayor que el tuyo, hijo de Dios, Cristo, Tú que no miraste las obras de tus hermanos en esta tierra, sino que apuntaste a sus corazones, ésa era tu única ilusión: que te conocieran a ti para enseñarles la felicidad.
Mis fuerzas habrían de dirigirse entonces no tanto a ver si tengo o no razón en lo que pienso y siento; sino que más provecho haría si las dirigiera a imitar tu corazón. Acogiendo a toda alma, compartiéndole la dicha de tenerte, de buscarte a ti, Señor.
«Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido». Sí, esa oveja, justamente ésa: la he encontrado y estoy feliz.
«Cuando nosotros pecadores nos convertimos y dejamos que nos encuentre Dios, no nos esperan reproches y asperezas, porque Dios salva, nos vuelve a acoger en casa con alegría y lo celebra. Jesús mismo en el Evangelio de hoy dice así: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión”. Y os hago una pregunta: ¿habéis pensado alguna vez que cada vez que nos acercamos a un confesionario hay alegría en el cielo? ¿Habéis pensado en esto? ¡Qué bonito!».
(Ángelus de S.S. Francisco, 11 de septiembre de 2016).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración. Disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy pensaré en una obra de caridad para aquellas personas a las que poco tendería a dar mi ayuda. La realizaré hoy.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
La conversión, experiencia de felicidad
El descubrimiento de la existencia de Dios produce sentimientos de alegría, paz, asombro y seguridad en la fe
Por: Pepita Taboada Jaén | Fuente: Catholic.net

A lo largo de la historia del Cristianismo han sido muchas las personas de los cinco continentes que en un momento determinado de su vida han descubierto la fe en Jesucristo profesada por la Iglesia Católica.
Existen conversos que nunca fueron cristianos y que, procedentes de padres ateos y pertenecientes a países que vetan la enseñanza religiosa, jamás han oído hablar de la existencia de Dios. La mayoría provienen del comunismo soviético; otros muchos, de religiones no católicas; y un gran número, aunque bautizados en la iglesia católica, no se interesaron por la fe o la abandonaron en un momento de su vida.
Es interesante observar que, tanto los que descubren la fe como los que retornan a ella, lo hacen por motivos singulares que Dios les hace ver, bien de forma espectacular o a través de un proceso más lento. He aquí algunos ejemplos:
Entre los conversos que nunca fueron cristianos resaltaría la figura de Tatiana Goritchéva. Nace en Leningrado en 1947. Estudiante brillante, a los 18 años es responsable de las Juventudes Comunistas y posteriormente, profesora de ética en la Facultad de Medicina. Relata su vacío interior, pasa por la meditación trascendental y el yoga hindú hasta que, de forma casual, lee el Padrenuestro que le inicia en su conversión. Ella misma relata: «De repente me sentí transformada. No fue mi razón idiota, sino todo mi ser el que comprendió que Él existía, Él, el Dios vivo, personal, que me ama y que ama a toda la creación (…)
Otra soviética, Svetlana Stálina, hija del dictador y genocida comunista Joseph Stalin [1]. Cuenta que cuando su hijo de 18 años enfermó gravemente, se negó a ir al hospital, a pesar de la insistencia del médico. Por primera vez en su vida, a los 36 años, pidió a Dios que lo curara. No conocía siquiera el Padrenuestro. Pero Dios, dice, le escuchó y después de la curación «un sentimiento interno de la presencia de Dios me invadió«. Fue bautizada en primer lugar en la fe ortodoxa, el 20 de mayo de 1962. Ayudada por la CIA huye de Rusia en 1967 y se refugia en Occidente. Después de varios sucesos, la lectura de libros sobre la fe y la amistad y el ejemplo de amigos católicos contribuyeron a que se acercase a la Iglesia Católica, siendo bautizada en 1982. Cuenta que: «Los años de mi conversión han sido plenos de felicidad. La Eucaristía se ha hecho para mi viva y necesaria. el Sacramento de la Reconciliación con Dios a quien ofendemos hace que sea necesario recibirlo con frecuencia…»
André Frossard, prestigioso periodista francés (1915-1995) se consideraba un ateo perfecto, convencido de que Dios no existía y que el universo era una combinación de elementos colocados al azar. Sus padres habían decidido que escogiera su religión a los 20 años,»si contra toda esperanza razonable consideraba bueno tener una». Precisamente cuando tenía 20 años, entró una tarde en una capilla parisina en busca de un amigo. Cinco minutos más tarde salió invadido de una «alegría inagotable«. Su amigo Willemin le pregunta: «¿Qué te pasa?» Responde: «Soy católico, apostólico, romano. Dios existe, y todo es verdad». Posteriormente lo explicaría en un libro que tituló: «Dios existe. Yo me lo encontré». Mereció el Gran Premio de la Literatura Católica en Francia en 1969, y se convirtió en un best-seller mundial.
Y, por último, no quiero dejar de mencionar a María Vallejo-Nágera, nacida en Madrid en 1964, hija del conocido psiquiatra y escritor, Juan-Antonio Vallejo-Nágera, Licenciada en Pedagogía y escritora. Su conversión se debió a una visita a Medjugorje, donde desde hace varios años hay apariciones de la Virgen a unos cuantos niños, hoy ya mayores.
El momento más destacado de su conversión, ocurrida en el año 2002, lo relata diciendo que, a pesar de que ella fue casi a la fuerza a ese lugar por insistencia de unas amigas, de pronto sintió que todo a su alrededor se paraba; no oía ni veía nada, únicamente percibió que caía sobre ella, como un rocío infinito, el amor de Dios. Durante sólo tres segundos tuvo su juicio particular: todos los pecados desde niña se le hicieron presentes. Y ese amor que sintió, fue tan grande que cambió radicalmente su vida. Actualmente, además de escribir libros, es invitada a dar conferencias para contar su impresionante conversión, por ciudades de Hispanoamérica y España.
Es un hecho, pues, que el descubrimiento de la existencia de Dios de forma extraordinaria, produce en esas personas sentimientos de alegría, paz, asombro y seguridad en la fe que acaban de experimentar. La conmoción interna ante ese hecho singular les lleva a entender, no el «amor a Dios» por parte del hombre sino principalmente el «amor de Dios» hacia el hombre, iniciándose así un despegue espiritual que les anima a confiar en la gracia de Dios y a luchar contra sus defectos.
Y hay que decir también que no es necesario tener una conversión «tumbativa» para vivir y gozar del amor que Dios nos tiene. Es más bien ser capaz de huir del acostumbramiento y asombrarse de las maravillas de Dios, profundizando en la Verdad y escuchando y asimilando lo que la Iglesia nos enseña. San Juan Pablo II al hablar de la Eucaristía, el jueves santo del año 2003, para mostrar la grandeza de lo que está enseñando a los cristianos, dice: «Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar el «asombro» eucarístico…»
También nos puede ayudar la experiencia de los santos. San Agustín (sigo IV) es uno de los más grandes convertidos de la historia cristiana. Descubrió el amor de Dios progresivamente, lo que le llevó a exclamar: «Tarde te amé, hermosura increada, tarde te amé » San Josemaría Escrivá (siglo XX) con una trayectoria distinta, escribió: «¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y no me he vuelto loco?»
La sabiduría de entender el amor de Dios, está al alcance de todos los hombres, de todos los tiempos.