Atanasio, Santo
Memoria Litúrgica, 2 de mayo…
Hoy también se festeja a:
- • Nicolás Hermansson, Beato
- • Wiborada de San Gallo, Santa
- • Guillermo Tirry, Beato
- • Antonino (Antonio) Pierozzi de Florencia, Santo
- • José María Rubio y Peralta, Santo
El traje del cielo
Por: H. Alexis Montiel, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Enséñame a amar, Señor, así como Tú me amaste.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 3, 31-36
«El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cuando vemos unas personas que traen un traje de adelita o jeans con tejana, botas y saco con tejidos de gallos u otros animales reconocemos que son mexicanos, que están en una fiesta mexicana o cosas por el estilo. Igual si vemos a una persona con kimono, pensamos que es de Japón, o si vemos a un hombre con traje bávaro, pensamos que es alemán, o irlandés si no conocemos mucho…
¿Cómo es el traje del cielo? Ayer vimos cómo Dios amó demasiado al mundo, al punto de entregar a su Hijo a la muerte. Esto nos deja entrever el traje que utiliza el Hijo, un traje que, hace pocos días, durante la Semana Santa, encontramos lleno de heridas, de llagas, de dolores… Pero no cualquier dolor, es el dolor del que se sabe amado por el Padre, del amor capaz de amar a otros, de no encerrarse en su propia soledad, en su propio egoísmo… El traje de Jesús es el amor, es el único traje que encontraremos repetido en muchos modelos, tamaños, formatos, colores, tonalidades y matices diversos; y solo se hace más bello ese traje entre más se utiliza.
Los teólogos expertos dicen que Jesús, en el cielo, conserva las cinco llagas de la cruz; es una muestra de cómo nuestras debilidades, nuestros problemas, nuestros fallos, nuestros errores… nuestras llagas resucitarán gloriosas, si las vivimos con amor; y ya no nos darán vergüenza, al contrario, serán el testimonio de que hemos pasado por la tierra sin apegarnos a ella, más bien con el traje del cielo.
«La justicia es, por lo tanto, una virtud, es decir, un ropaje interno del sujeto: no un traje ocasional o para ponérselo en las fiestas, sino un ropaje que se lleva siempre, porque te cubre y te envuelve, influyendo no solo en las decisiones concretas, sino también en las intenciones y en los propósitos. Y es virtud cardinal, porque indica la dirección correcta y, como un gozne, es punto de apoyo y articulación. Sin justicia, toda la vida social se queda atascada, como una puerta que ya no se puede abrir, o termina chirriando en un movimiento farragoso.»
(Discurso de SS Papa Francisco, 19 de febrero de 2019)
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Invitar a otros a ponerse el traje de cielo, llevándolos a hacer una oración en una iglesia, delante de la Eucaristía.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Jesús ¿descendió a los infiernos?
Por: . | Fuente: Corazones.org
En el Credo de los Apóstoles, ( llamado así porque es considerado con justicia como el resumen fiel de la fe de los apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma CIC 194), proclamamos que Cristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa?
Este Credo, formulado en el siglo V, se refiere al descenso del alma de Cristo, ya separada del cuerpo por la muerte, al lugar que también se llama «sheol» o «hades». El Cuarto Concilio Lateranense, en el 1215, definió esta doctrina de Fe.
En este caso «infierno» no se refiere al lugar de los condenados sino que es «el lugar de espera de las almas de los justos de la era pre-cristiana». Entre la multitud de justos allí esperando la salvación, estaba San José, los patriarcas y los profetas, como todos aquellos que murieron en paz con Dios. Todos necesitaban, como nosotros, la salvación de Cristo para poder ir al cielo.
Vea en las Sagradas Escrituras: Hechos 2,24; 2,31; Flp 2, 10, 1 Pedro 3,19-20, Ap 1,18, Ef 4,9.
Padres de la Iglesia que enseñaron esta doctrina incluyen: San Justino, San Ireneo, San Ignacio de Antioquía, Tertuliano, San Hipólito, San Agustín.
Santo Tomas Aquino enseña que el propósito de Cristo en descender a los infiernos fue liberar a los justos aplicándoles los frutos de la Redención (S. Th. III, 52, 5).
El Catecismo de la Iglesia Católica sobre esta doctrina:
Cristo descendió a los infiernos
632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús «resucitó de entre los muertos» (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co 15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos. Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos.
633 La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el «seno de Abraham». «Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos».
Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido.
634 «Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva…» (1 Pedro 4, 6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos 605 los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para «que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan». Jesús, «el Príncipe de la vida» (Hch 3, 15), aniquiló «mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2, 14-15). En adelante, Cristo resucitado «tiene las llaves de la muerte y del Hades» (Ap 1, 18) y «al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos» (Flp 2, 10).
Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos … En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida.
Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él … Y, tomándolo de la mano, lo levanta diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo». Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti …
Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto».[De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado]
