Meditación del Viernes 27 de Junio 2014

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Meditación del Viernes 27 de Junio 2014

 

El Santo de hoy
Nuestra Señora del Perpetuo SocorroEl Santo de hoy
Advocación Mariana, 27 de junio

Hoy también se festeja a:
Sansón de Constantinopla, Santo
Crescente (Crescencio) de Galacia, Santo
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
Luisa Teresa Montaignac, Beata
Margarita Bays, Beata

Autor: Antonio Gil-Terrón Puchades | Fuente: www.antoniogilterron.com
La tumba sin nombre
Creer que Dios no existe, así como creer que no hay un Más Allá tras la muerte, ya es un creencia en si misma
La tumba sin nombre
La tumba sin nombre

Básicamente, creer en la existencia de Dios conlleva aparejado el creer en la supervivencia del alma tras la muerte física del cuerpo, y este convencimiento influye en nuestro día a día, más de lo que podamos imaginar.

El creyente experimentará – por sí mismo – que poner a Dios en el centro de su vida, da sentido a su existencia, proporcionándole – además – respuestas en donde no hay más que interrogantes, esperanza en la tribulación, fortaleza en la adversidad, luz en la oscuridad, consuelo en la desesperación, fuerza en el dolor, y paz en la soledad. Y les puedo garantizar que dichas experiencias no son fruto de la sugestión, ni fruto de un iluso efecto placebo, y esto se lo dice un servidor, que es analítico y escéptico por naturaleza.

La fe le proporciona al creyente la experiencia real de emociones positivas, y esa experiencia perceptible y no imaginaria, reforzará su fe, retroalimentándola.

Al final la fe se traducirá en felicidad y paz, y el creyente – si es cristiano – tratará de compartir con su prójimo aquello que para él ha sido enriquecedor.

Por otra parte, aquellos que dicen no creer en nada, caen en la contradicción. Porque creer que Dios no existe, así como creer que no hay un Más Allá tras la muerte, ya es un creencia en si misma; creencia esta que, en el caso de algunos ateos militantes, adquiere el rango de dogma de fe.

Los ateos podrán creer que están en posesión de la verdad, sin embargo su creencia (descreencia) no dejará de ser una acto de fe, ya que no tienen pruebas que demuestren que Dios, y todo lo que Él representa, no existe.

Antes he dicho que la creencia en Dios reporta valores positivos tales como esperanza, fortaleza, consuelo, fuerza, y paz; pero no lo he dicho porque me lo haya contado un cura, o lo haya leído en algún catecismo. No. Lo he dicho porque lo he experimentado por mí mismo, y es tal la fortaleza que mi experiencia de Dios me ha dado, que si mañana Benedicto XVI y el papa Francisco, cogidos de la mano, públicamente se declarasen ateos, mi fe en Él y su Hijo Jesucristo, no iba a variar un ápice.

Por otro lado, qué puede aportar al ser humano el “creer” que Dios no existe, ni hay vida eterna, más que el triste convencimiento de que, haga lo que haga, indefectiblemente terminará siendo comida de gusanos, y que – en el 99´9% de los casos – dentro de cien años, nadie recordará que una vez existió, y que de su memoria tan solo quedará una lápida sin nombre, desgastada por el tiempo, la lluvia y el viento. Una lápida anónima sobre la que ya nadie depositará flores, ni derramará lágrimas, porque aquellos que un día lo amaron, ya no existen tampoco; tan solo son polvo. Porque si no existe el Más Allá, qué más se puede esperar aparte de esto.

Claro que no todos los ateos piensan así; también los hay de otro tipo, como por ejemplo aquellos que – tal vez por miedo o porque les produce desazón – no se paran a pensar, convirtiendo su vida en una corta carrera hacia delante pero con la mirada puesta hacia atrás. Pero también los hay de peores, como aquellos que confiesan – sin rubor – que les produce una sensación de alivio, el pensar que tras su muerte no habrá un Dios que juzgue sus actos. Digo yo que – ello – será porque no deben de tener la conciencia muy tranquila. ¿O no?

Autor: P. Sergio Cordova LC | Fuente: Catholic.net
Mi yugo es suave y mi carga ligera
Mateo 11, 25-30. Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.
Mi yugo es suave y mi carga ligera

Del santo Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Oración introductoria

Dios mío, Tú eres rico en misericordia, al punto tal de entregarnos a tu Hijo Jesús, para librarnos del pecado. Me reconozco pecador, indigno y débil, humildemente imploro me acojas en esta oración porque quiero permanecer en tu rebaño.

Petición

Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por mis pecados, ten piedad y misericordia.

Meditación del Papa Francisco

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús, por ejemplo en el pasaje donde Cristo mismo dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Es fundamental, luego, el relato de la muerte de Cristo según san Juan. Este evangelista, en efecto, testimonia lo que vio en el Calvario, es decir, que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza y de la herida brotaron sangre y agua. Juan reconoce en ese signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado en la cruz, brota el perdón y la vida para todos los hombres. (S.S. Francisco, 9 de junio de 2013).

Reflexión

En un estanque vivía una colonia de ranas. Y el sapo más viejo se creía también el más grande y el más fuerte de toda la especie. Cada mañana se posaba a la orilla del estanque y comenzaba a hincharse para atraer la atención de sus vecinas y para presumir su tamaño y su fuerza. Un buen día se acercó un buey a beber; y el sapo, viendo que éste era más grande que él, comenzó a hincharse e hincharse, más que en otras ocasiones, tratando de igualarse al buey. Y tanto se infló que reventó. Así sucede también a muchos hombres que, por su ambición, su soberbia y prepotencia tratan de igualarse a otro buey (y también se podría escribir con “g”). Ya muy bien lo decía san Agustín: “La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”.

Feuerbach y Nietzsche -dos filósofos ateos del siglo pasado- lanzaron sus teorías del “super-hombre” y del dominio del más fuerte. Ideas tan tristes que desembocaron en la prepotencia nazi, en un racismo aberrante y en todas las formas de totalitarismo ateo que perseguía todo tipo de religión, especialmente la católica; esas ideas fueron las causantes de la Segunda guerra mundial y originaron un abismo de inhumanidad que ni siquiera excluyeron los terribles campos de concentración y de exterminio. Esa triste “ley del más fuerte” impone muchas veces el criterio de comportamiento entre los hombres, ¡tan penosa y de tan lamentables consecuencias para la convivencia humana! Y es que el poder, la ambición desenfrenada y la soberbia prepotente pudre el corazón de los hombres y crea verdaderos infiernos.

Y, sin embargo, Jesucristo nuestro Señor nos viene a hablar hoy de humildad, de mansedumbre y de servicio: “Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas”… ¿No es un mensaje ya trasnochado y pasado de moda? ¿Acaso el que triunfa, hoy en día, no es el hombre “fuerte”, el “grande”, el poderoso?

El pequeño, el débil y el humilde ni siquiera es tomado en cuenta; más aún, muchas veces es ridiculizado y emarginado. El mismo Nietzsche se mofaba de la humildad, diciendo que era “un vicio servil y un comportamiento de esclavos”.

En el Evangelio de la fiesta del Sagrado Corazón, se nos presenta Jesús en oración bendiciendo a su Padre: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado los misterios del Reino a los sabios y a los poderosos, y se los has revelado a los pequeños”. ¡Qué contraste tan abismal! Pensamos que las gentes felices del mundo son los ricos, los poderosos, los grandes, los fuertes y los sabios. Y, sin embargo, nuestro

Señor llamó “dichosos” precisamente a los de la parte opuesta: “Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los pacíficos, los que padecen persecución… porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 1-12). Y hoy, Jesús nos sale con otra de las “suyas”, invitándonos a la humildad. ¿Es que Jesús está loco?

¡Con razón nadie le hace caso! Parece que Él va siempre “en sentido contrario”, contra corriente. Pero, no nos viene mal preguntarnos quién es el verdadero loco. A Nietzsche, al final de su vida, “se le saltaron la tuercas” y acabó suicidándose.

Jesús siempre se presentó así: manso y humilde. Después de la multiplicación de los panes, cuando la muchedumbre quería arrebatarlo para hacerlo rey, Él se les esconde y se va solo, a la montaña, a orar. Y cuando curó al leproso de su enfermedad inmunda o devolvió la vista al ciego de nacimiento; cuando hizo caminar al paralítico, curó a la hemorroísa,resucitó a Lázaro o a la hija de Jairo, no se dedicó a tocar la trompeta para que todo el mundo se enterara… Y, finalmente, cuando se decide a entrar triunfalmente en Jerusalén, no lo hace sobre un alazán blanco o sobre un caballazo prieto azabache, rodeado de un ejército de vencedor, sino montado en un pobre burrito, que era señal de humildad y de paz.

¡Definitivamente, Jesús no hacía milagros para “ganar votos” para las elecciones, ni se aprovechó de su popularidad entre la gente para hacerse propaganda política y ocupar los mejores puestos, como muchos de nuestros gobernantes! Él no era un populista o un demagogo como los que abundan hoy en nuestras plazas y manifestaciones públicas. Él no conocía, sin duda, esa “picardía” y oportunismo interesado, ni sabía mucho de eso que nosotros llamamos “técnicas de publicidad y de imagen”…

“Aprendan de mí -nos dice- que soy manso y humilde de corazón”. Sí. Él había dicho durante su vida pública que “no había venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45) y lo cumple al pie de la letra. ¡Aquí está la verdadera grandeza: no la del poder, sino la grandeza de la humildad, de la mansedumbre y del servicio!

Si seguimos su ejemplo, Él nos asegura los frutos que obtendremos: “Encontrarán descanso para sus almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. La persona humilde goza de una paz muy profunda porque su corazón está sosegado. Ese yugo y esa carga se refieren a la cruz que tenemos que llevar todos los seres humanos. Pero Cristo nos llena de paz y de felicidad en medio del dolor porque su presencia y su compañía nos bastan y nos sacian. Él es nuestra paz. Y no importa que nos lluevan las persecuciones, las calumnias, las injurias y todo tipo de mentiras.

Diálogo con Cristo

No importan las persecuciones. Tu nos llena de paz porque tu yugo es llevadero y tu carga ligera. Nos advertiste que seríamos perseguidos porque también te persiguieron a Ti y te condenaron a muerte por calumnias. Llamaste “bienaventurados a los perseguidos”, y contigo tenemos asegurada la victoria y el triunfo definitivo.

Propósito

Poner en en el Corazón de Jesús todas mis preocupaciones y confiarme a Él.

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